domingo, marzo 31, 2013

Surrexit Dominus vere,alelluia!!!!!








Ayer fue el  sábado más largo de la historia, más vacío, más triste, más lluvioso. Sólo una Mujer, cree, espera, ama; va recorriendo las catorce estaciones y encuentra cada gota de sangre, sin mirar, acierta porque esa es sangre suya también; cada huella. Y muy de madrugada del primer día de la semana ( qué claro lo tuvieron los primeros cristianos, que fueron conscientes de que aquel era el primer domingo de la historia, que no necesitaron esperar a Bultman para que les explicase el antiguo y el nuevo testamento), Jesús ansiaba resucitar, sólo por abrazar a su Madre, sin palabras, acompasando sus corazones, uno humano y otro glorioso, que latía junto a  María y en todo el cosmos hasta el principio del bing-bang. Su hijo siempre había sido bello, pero ahora era más bello, sus cabellos eran rubios, lisos, con rizos, morenos, azabache, no por el reflejo de la luz, sino porque eran luz. Ella quería irse con El, pero el Hijo le pidió que se quedara, para que la Iglesia tuviese Madre. Y en un instante la Madre se vio abrazando su propio corazón.


Luego vinieron aquellas santas mujeres, Pedro y Juan, los discípulos de Emaús, el tozudo de Tomás que quería tocar y meter su mano en las heridas que su cuerpo cósmico y glorioso quiso conservar. "Dinos María de Magdala que viste en el camino?" Cuéntanos Simón, que volviste a ser Pedro en la orilla de una playa, tus tres afirmaciones: Señor Tú lo sabes todo, Tú sabes que te amo, y tomando el testigo nos ha llegado la única verdad que merece ser creída y proclamada.

Nuestra Fe no es etérea, llena de buenos sentimientos. Es concreta y real como aquellas vendas y el sudario. Cristo ha resucitado, el mundo está en paz y los niños aterrados en noches de insomnio, saben como sus madres les dicen, que no pasa nada, que no hay miedos y una madre no miente.

Feliz Pascua de Resurrección!!!!!!!!!.


lunes, marzo 25, 2013

Semana Santa.








La semana más importante de la historia, que se reproduce litúgicamente. Hasta la Pascua!!!!!
http://www.escrivaobras.org/book/via_crucis-capitulo-12.htm ; de San Josemaría Escrivá, estación 12 del via crucisy puntos de meditación.


12 En la parte alta de la Cruz está escrita la causa de la condena: Jesús Nazareno Rey de los judíos (Ioh XIX,19). Y todos los que pasan por allí, le injurian y se mofan de El.



—Si es el rey de Israel, baje ahora de la cruz (Mt XXVII, 42).



Uno de los ladrones sale en su defensa:



—Este ningún mal ha hecho... (Lc XXIII,41).



Luego dirige a Jesús una petición humilde, llena de fe:



—Señor, acuérdate de mí cuando estés en tu reino (Lc XXIII,42).



—En verdad te digo que hoy mismo estarás conmigo en el paraíso (Lc XXIII,43).



Junto a la Cruz está su Madre, María, con otras santas mujeres. Jesús la mira, y mira después al discípulo que Él ama, y dice a su Madre:



—Mujer, ahí tienes a tu hijo.



Luego dice al discípulo:



—Ahí tienes a tu madre (Ioh XIX, 26-27).



Se apaga la luminaria del cielo, y la tierra queda sumida en tinieblas. Son cerca de las tres, cuando Jesús exclama:



—Elí, Elí, lamma sabachtani?! Esto es: Dios mío, ¿por qué me has abandonado? (Mt XXVII,46).



Después, sabiendo que todas las cosas están a punto de ser consumadas, para que se cumpla la Escritura, dice:



—Tengo sed (Ioh XIX,28).



Los soldados empapan en vinagre una esponja, y poniéndola en una caña de hisopo se la acercan a la boca. Jesús sorbe el vinagre, y exclama:



—Todo está cumplido (Ioh XIX,30).



El velo del templo se rasga, y tiembla la tierra, cuando clama el Señor con una gran voz:



—Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu (Lc XXIII,46).



Y expira.



Ama el sacrificio, que es fuente de vida interior. Ama la Cruz, que es altar del sacrificio. Ama el dolor, hasta beber, como Cristo, las heces del cáliz.








1. Et inclinato capite, tradidit spiritum (Ioh XIX,30).



Ha exhalado el Señor su último aliento. Los discípulos le habían oído decir muchas veces: meus cibus est..., mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y dar cumplimiento a su obra (Ioh IV,34). Lo ha hecho hasta el fin, con paciencia, con humildad, sin reservarse nada... Oboediens usque ad mortem (Phil II,8): obedeció hasta la muerte, ¡y muerte de Cruz!



2. Una Cruz. Un cuerpo cosido con clavos al madero. El costado abierto... Con Jesús quedan sólo su Madre, unas mujeres y un adolescente. Los apóstoles, ¿dónde están? ¿Y los que fueron curados de sus enfermedades: los cojos, los ciegos, los leprosos?... ¿Y los que le aclamaron?... ¡Nadie responde! Cristo, rodeado de silencio.



También tú puedes sentir algún día la soledad del Señor en la Cruz. Busca entonces el apoyo del que ha muerto y resucitado. Procúrate cobijo en las llagas de sus manos, de sus pies, de su costado. Y se renovará tu voluntad de recomenzar, y reemprenderás el camino con mayor decisión y eficacia.



3. Hay una falsa ascética que presenta al Señor en la Cruz rabioso, rebelde. Un cuerpo retorcido que parece amenazar a los hombres: me habéis quebrantado, pero yo arrojaré sobre vosotros mis clavos, mi cruz y mis espinas.



Esos no conocen el espíritu de Cristo. Sufrió todo lo que pudo —¡y por ser Dios, podía tanto!—; pero amaba más de lo que padecía... Y después de muerto, consintió que una lanza abriera otra llaga, para que tú y yo encontrásemos refugio junto a su Corazón amabilísimo.



4. He repetido muchas veces aquel verso del himno eucarístico: peto quod petivit latro poenitens, y siempre me conmuevo: ¡pedir como el ladrón arrepentido!



Reconoció que él sí merecía aquel castigo atroz... Y con una palabra robó el corazón a Cristo y se abrió las puertas del Cielo.



5. De la Cruz pende el cuerpo —ya sin vida— del Señor. La gente, considerando lo que había pasado, se vuelve dándose golpes de pecho (Lc XXIII,48).



Ahora que estás arrepentido, promete a Jesús que —con su ayuda— no vas a crucificarle más. Dilo con fe. Repite una y otra vez: te amaré, Dios mío, porque desde que naciste, desde que eras niño, te abandonaste en mis brazos, inerme, fiado de mi lealtad.





Abogados......




"Oye, viejo, ya sácame de aquí, quieres?... Yo también soy abogado, pero de algo tenía que vivir, no? Bastante me costó este disfraz. Pero ya sácame!!"





domingo, marzo 24, 2013

Entrevista al Prelado del Opus Dei, sobre el Papa Francisco.


 Tomado de la Razón.


–¿Cómo recibió la noticia del anuncio de que teníamos un nuevo Papa? ¿Qué sensaciones le pasaron por el corazón en ese momento?


–Fue una gran alegría. Los católicos necesitamos tener al padre común en la tierra, vicario de Cristo en la Iglesia universal. Al advertir la fumata blanca, me puse de rodillas para rezar por él, aún sin saber quién era. Renové interiormente mi deseo de ser un buen hijo del Romano Pontífice.

Cuando el nuevo Papa Francisco habló por primera vez desde el balcón de las bendiciones, mencionó a todas las personas de buena voluntad. Y pensé que, además de los católicos, el Papa lleva el peso, las alegrías y los dolores de toda la humanidad. Por esto, junto a la alegría, sentí también el deseo intenso de que todos recemos por el sucesor de Pedro, y experimenté un afán filial de invitar a la gente a amar al Romano Pontífice.

–De las palabras en estos primeros días de su Pontificado, ¿con qué se queda?, ¿qué le ha llamado la atención?, ¿qué le interpela?

–«Cristo es el centro», dijo a los periodistas en la audiencia del 16 de marzo. Me recordó a lo que nos repetía san Josemaría: «Es de Cristo de quien hemos de hablar, y no de nosotros mismos». Esto nos remite verdaderamente a lo esencial. El Papa Francisco nos habló también de la acción del Espíritu Santo. Resulta necesario leer en esta clave el último cónclave y toda la historia de la Iglesia: desde la fe.

–Estamos ante el primer Papa latinoamericano de la historia. Por su experiencia como prelado del Opus Dei, ¿qué aportan los cristianos de América Latina a la vieja Europa?

–En América Latina se toca el buen espíritu de manifestar la caridad con cariño, con un afecto palpable. Ese calor humano ayuda tantas veces a evitar los prejuicios hacia los demás, a evitar cierta complejidad intelectual que enturbia las relaciones de unos con otros, a forjar relaciones interpersonales verdaderamente humanas. Una manifestación de esta capacidad de amar se traduce en la piedad popular que se mantiene muy viva en tantos países de América, con una devoción a la Madre de Dios que es a la vez tierna y recia, y que entraña una actitud muy enriquecedora para la humanidad entera. Todo esto es un don para la Iglesia.

–Poco a poco vamos conociendo detalles del Santo Padre: viaja en autobús, vivía en un pequeño apartamento en Buenos Aires... ¿Cree que estos pequeños gestos del día a día son los que pueden interpelar aquellos que tienen estereotipada la imagen de los sacerdotes, de los cardenales, de la Iglesia en general?

–Esta austeridad es una nota común de los últimos papas –con algunas manifestaciones externas diferentes–, y también de una gran mayoría de sacerdotes, que tienen lo justo para vivir, y muchos ni siquiera esto. Como usted dice, se trata de un estereotipo. Le contaré de un cardenal que vino una vez a la Pontificia Universidad de la Santa Cruz; entre una actividad y otra, a las 5 de la tarde, hubo un «coffee break». Mientras tomaba algo, comentó: «Sabe usted, es que esta noche no ceno, no tengo a nadie que me ayude a preparar una cena». No se repite este caso en todos, pero los ejemplos podrían multiplicarse.

La falta de bienes materiales, como decía san Bernardo, no supone en sí una virtud, sino que esa virtud consiste en amar la pobreza, que también se percibe por esos gestos de renuncia. Esta disposición resulta más hacedora cuando la persona sabe prescindir de bienes superfluos, y está desprendida de lo que tiene. Ciertamente, como decía san Josemaría, la pobreza trae para el hombre un tesoro en la tierra y, a este propósito, ponía como modelo a esos padres de familia numerosa que, en su esfuerzo por sacar adelante a los suyos con amor, renuncian con gusto a tantas cosas personales. Se nos presenta, por tanto, como una virtud para amar –así nos lo ha enseñado Jesús–, y está incluida en la caridad. A la vez, hemos de hacer todo lo posible para aliviar el sufrimiento causado por las injusticias personales y sociales, y veo muy natural que en ocasiones nos invada incluso la impaciencia ante tantas injusticias que desearíamos resolver.

–La reforma de la Curia, la nueva evangelización... Son muchos los asuntos que han abordado los cardenales a lo largo de las congregaciones generales. De todos esos asuntos que han estado sobre la mesa, ¿cuál considera de mayor urgencia para la Iglesia?

–Ciertamente, la curia –por una lógica sobrenatural y también humana– se adapta a cada Papa y a las necesidades de la Iglesia, según los tiempos. Pero no me compete señalar lo prioritario; está en las manos del Santo Padre, que no tiene otro afán que el de servir a todos. Al hablar de una reforma, que puede ser necesaria, sabemos que en Roma trabajan muchas personas con abnegación, con gran espíritu de servicio, alguna vez lejos de su patria y de su familia, y con una retribución modesta.

Obviamente, yo no estaba en la congregaciones generales, donde los cardenales hablaron entre sí, pero no cabe duda de que la nueva evangelización sigue siendo una prioridad para la Iglesia. Me parece que el estilo sencillo y directo del Papa aporta una ayuda de gran peso en este sentido.

–En el comunicado que usted emitió hace unos días, destacó el llamamiento del Papa Francisco a evangelizar. ¿Cómo se traduce esta invitación del Santo Padre al carisma concreto del Opus Dei? ¿Cuáles son los retos en este sentido?

–El lema del cardenal Bergoglio ha sido «miserando et eligendo». Viene de un texto de san Beda el Venerable, que leemos cada año en la Liturgia de las horas. Se trata de un comentario a la llamada de Mateo. Jesús tenía piedad, misericordia, y a la vez llamaba a sus discípulos a seguirle. La vocación contiene una prueba de amor: nace del corazón divino lleno de misericordia. San Beda comenta que Jesús vio «más con la mirada interna de su corazón que con sus ojos corporales».

San Josemaría, con el mensaje recibido de Dios, vino a recordar que todos estamos llamados a la santidad, y solía comentar: «Que yo vea con tus ojos, Cristo mío, Jesús de mi alma». Pienso que la urgencia de evangelizar –siempre actual en la Iglesia– se manifiesta en una invitación para mirar a las gentes, a todos, con visión apostólica, con misericordia y con cariño, con el deseo de ayudarlos a recibir el gran don del conocimiento de Cristo y de su amor.

El espíritu del Opus Dei impulsa a los fieles de la Prelatura –sacerdotes y laicos– a tomar conciencia de que en la vida ordinaria, en el mundo de las profesiones, en la familia, en las relaciones sociales, hemos de afanarnos para descubrir que los demás nos necesitan, no porque seamos mejores, sino porque somos hermanos. Como dijo san Josemaría, precisamente durante una catequesis en Buenos Aires, «cuando trabajáis y ayudáis a vuestro amigo, a vuestro colega, a vuestro vecino de modo que no lo note, le estáis curando; sois Cristo que sana, sois Cristo que convive sin hacer ascos con quienes necesitan la salud, como nos puede suceder a nosotros un día cualquiera».

Todo esto significa también llevar y amar la cruz, de la que habló también el Papa Francisco en su primera homilía. Y, como predicaba el cardenal Bergoglio en su homilía en la última Misa crismal, hay que tener «paciencia con la gente» al enseñar, explicar, escuchar, contando siempre con la gracia del Espíritu Santo.

–¿Cómo le puede ayudar al Papa Francisco el hecho de saber que cerca de él estará el Papa emérito Benedicto XVI?

–Pienso que el Papa sentirá sobre todo la fuerza y la compañía espiritual de su predecesor. Y que podrá apoyarse con frecuencia en el rico y actual magisterio de Benedicto XVI. El cariño que le tenemos todos en la Iglesia se hace más grande, pues sabemos que reza por nosotros en su misa y en su oración, y que sostiene nuestra unión incondicional al Papa Francisco. En este sentido, considero importante respetar la voluntad de Benedicto XVI de desaparecer a los ojos del mundo, para que quede patente que hay un solo Papa, y no se confunda a la gente que dispone quizá de menos formación cristiana o de poca cultura teológica. Ahora el Romano Pontífice es el Papa Francisco, a quien el anterior Pontífice prometió gustosa y total veneración y obediencia.

Bergoglio, ante la tumba de San Josemaría

¿Conoce Javier Echevarría al actual Papa? «Lo encontré en distintas ocasiones, aquí en Roma (por ejemplo, en varias asambleas del Sínodo de obispos) y en Buenos Aires. Es una persona afectuosa, un sacerdote a la vez austero y sonriente. Cercano a los enfermos y a los necesitados tanto material como espiritualmente. Posee una fuerte personalidad. Sabe con claridad de hijo de Dios lo que quiere y lo que no quiere. De todos es conocido que siempre pide oraciones por sí mismo, y que reza mucho por los demás», asegura el prelado del Opus Dei, que revela un detalle: «En una ocasión vino a esta casa, hace ya unos años, para visitar la tumba de san Josemaría, que se encuentra en la iglesia prelaticia de Santa María de la Paz. El cardenal Bergoglio permaneció de rodillas unos 45 minutos. Su capacidad de rezar –sin prisa– es un ejemplo para todos, porque en la oración el cristiano encuentra también la luz y el consuelo del Señor».

Al frente de la Obra

Buscar a Diosen lo cotidiano

Fundado en 1928 por san Josemaría Escrivá (Barbastro, 1902-Roma, 1975), actualmente el Opus Dei cuenta con más de 90.000 miembros. El 98% son laicos, y la mayoría, casados. En torno a 2.000 son sacerdotes. Con un carisma centrado en la ayuda a encontrar a Cristo en el trabajo, la vida familiar y el resto de actividades ordinarias, esta realidad eclesial lleva a cabo labores educativas, asistenciales, culturales, que poseen una marcada finalidad de servicio y formación: escuelas, hospitales, universidades, centros de formación profesional, etc. El prelado del Opus Dei está al frente de la Obra en su misión de difundir la llamada universal a la santidad y de promover el apostolado de los fieles de la Prelatura. En la vida del Opus Dei, que tiene desde su origen un marcado carácter de familia, al prelado se le llama sencillamente padre. Pues bien, este padre en la actualidad es monseñor Javier Echevarría (Madrid, 1932), que sucedió en 1994 a mons. Álvaro del Portillo, quien llevó las riendas el Opus Dei tras la muerte del fundador.

sábado, marzo 23, 2013

Hacen falta pastores con olor a oveja.






Declaraciones del cardenal Bergoglio pocos días antes de ir a Roma para el Cónclave

Gentileza del old chap.








CIUDAD DEL VATICANO, 22 de marzo de 2013 - El padre Ángel Strada, en el programa Alianza de amorde la radio del Movimiento Apostólico de Schoenstatt, habla sobre el encuentro que tuvieron con el cardenal Bergoglio en la reunión anual de sacerdotes de este movimiento de Argentina y Paraguay, días antes de dar comienzo el cónclave.



El padre Strada reconoce la gran sorpresa con la que recibieron la noticia de que el cardenal Bergoglio había sido elegido papa, ya que los medios de comunicación no le daban como "candidato" por la edad que tiene, aunque el padre Strada admite que los que le conocen sabían que era un gran candidato por sus cualidades. "El nombre que él ha elegido ya es un programa, Francisco fue un Evangelio vivido", dice en la entrevista.



A continuación, cuenta cómo los padres que trabajan en Argentina, Paraguay y Uruguay se reúnen anualmente, y siempre tienen la inquietud de invitar a ese encuentro, que dura varios días, a alguna personalidad para enriquecer, intercambiar y dar a conocer la comunidad de Schoenstatt. Seis meses antes ya pensaron en el cardenal Bergoglio por el aprecio que le tienen y porque pensaban que por la edad ya iba a presentar su renuncia. El mismo cardenal llamó a la comunidad para avisarles que él viajaba al cónclave pero que el encuentro no se suspendía y que les esperaba el sábado 23 de febrero por la mañana en la curia de Buenos Aires. "Nos dijo que no iba a dar ninguna conferencia, que le hiciéramos preguntas y que quería que intercambiáramos", cuenta.



Una de las preguntas que le hicieron fue qué perfil debería tener el nuevo papa. El cardenal Bergoglio les respondió: "Les voy a decir cosas evidentes pero son las cosas en las que yo creo. Primero, tiene que ser un hombre de oración, un hombre profundamente vinculado a Dios. Segundo, tiene que ser una persona que cree profundamente que el dueño de la Iglesia es Jesucristo y no él y que Jesucristo es el Señor de la historia. Tercero, un buen obispo. Debe ser un hombre que sabe cuidar, acoger, tierno con las personas, que sabe crear comunión. Y cuarto, debe ser un hombre ahora que ayude a reformar la Curia". Sin quererlo, continua el padre Ángel, hizo una descripción de sí mismo. Es "un gran don del cielo que el cónclave le haya elegido", añade.



Hablando a nivel más personal, Strada cuenta lo que sintió cuando se despidió de él. "Me preguntó cómo iba la causa de la canonización del padre Kentenich (fundador del movimiento) y cuando nos despedimos pensé qué lástima que este hombre no vaya a ser elegido papa, pensando en el impedimento de la edad, pero ojalá sea alguien como él". Cuenta además cómo el cardenal Bergoglio bromeó sobre la posibilidad que lo eligieran, "nosotros le preguntamos como estaba la salud de él por el pequeño problema que había tenido en las piernas y nos respondió que ya estaba muy bien, un padre le dijo que tuviera cuidado porque, ya con buena salud, los cardenales le podían elegir papa, y nos respondió que no nos hiciéramos a esa idea y que ya lo tenía pensado, que iba a entrar al cónclave con un bastón, y los cardenales pensarán que a ese viejito no le vamos a elegir nunca".



"Una idea fija que tiene él --continúa narrando el padre Strada- la expresa con estas palabras: hay que buscar una Iglesia que esté en la calle. Él piensa que la Iglesia no debe cerrarse sobre sí misma porque se enferma. Tiene que ir a buscar a los hombre. Dice que nos equivocamos al pensar que en el rebaño tenemos 99 ovejas y hay una oveja descarriada que está afuera. Y es exactamente al revés, en el rebaño tenemos una oveja y hay 99 que están afuera, y el error nuestro es dedicarnos a la única ovejita que tenemos dentro". Cuenta el padre que a ellos les dijo "hoy no hacen falta clérigos, no hacen falta funcionarios clericales, hacen falta pastores que tengan olor a oveja, pastores que estén con las ovejas, que nunca las apaleen sino que las cuiden con mucho amor".



Finaliza la entrevista hablando del aspecto mariano del santo padre, que demostró con su primer gesto como pontífice de acudir a Santa María la Mayor, para hacer una ofrenda con flores a la Virgen, como un niño que le va a regalar flores a su madre. Y destaca también su labor pastoral y de cercanía a los hombres cuando dice que la Iglesia tiene que ser tierna y salir a buscar a los hombres.

La Iglesia de los pobres.





Mi experiencia  dice que donde hay adoración a Dios, devoción a la Virgen, vida espiritual, doctrina clara; siempre hay caridad, afán de promocionar a los hombres, iniciativas de solidaridad, cuidado de los más débiles.





Texto muy bueno de Juan Manuel de Prada.


«¡Cómo me gustaría una Iglesia pobre y para los pobres!», ha confesado el Papa Francisco. El desiderátum papal nos invita a reflexionar sobre la vigencia de la doctrina social de la Iglesia, un corpus de enseñanzas que suelen ser consideradas a beneficio de inventario, incluso por los propios católicos. Para justificar esta preterición, se suele aducir que la doctrina social de la Iglesia no propone soluciones «técnicas» para combatir la injusticia social; excusa con la que en realidad se pretende negar su competencia para definir los principios sobre los que debe asentarse un orden político, social y económico justo. La misión de la Iglesia es, desde luego, la salvación de las almas; pero la salvación de las almas exige que los hombres vivan cristianamente, lo cual se torna cada vez más difícil cuando las instituciones políticas y las estructuras económicas no se guían por un fin de justicia social. Si repasamos los dos últimos siglos de la historia descubriremos que cuando la Iglesia más cerca estuvo de los pobres fue bajo el mandato de papas que nuestra época juzga «reaccionarios». En efecto, fue en tiempos de San Pío X, León XIII o Pío XI cuando desde el seno de la Iglesia se promovieron iniciativas sociales más eficaces, cuando el servicio a los pobres fue más fecundo e irradiador: fundación de congregaciones religiosas dedicadas al auxilio, formación y atención espiritual de las clases populares, creación de asociaciones obreras, montepíos y un largo rosario de instituciones que combatían con denuedo los fundamentos y la praxis de un orden social injusto. Y los Papas que impulsaron tales iniciativas fueron campeones de la ortodoxia, atentos siempre a la salvación de las almas. Es precisamente cuando se difumina esta misión primordial cuando la Iglesia corre el riesgo de desnaturalizarse, convirtiéndose en una «ONG piadosa».

Tras la Segunda Guerra Mundial, la doctrina social de la Iglesia no hizo sino decaer. La expansión del comunismo, por un lado, y la consolidación —bajo disfraz democrático— del «imperialismo internacional del dinero», por otro, condenaron la misión de la Iglesia al ostracismo: en el ámbito comunista, la Iglesia sobrevivió en la clandestinidad, en medio incluso de persecuciones martiriales; en el ámbito capitalista, se le ha permitido vivir en la legalidad, convenientemente castradita y progresivamente irrelevante, con la condición de que no denuncie proféticamente un orden inicuo (lo que tal vez sea peor que el martirio de la sangre). Así, inevitablemente, surgieron iniciativas como la llamada «teología de la liberación», nacidas de un impulso noble de rebelión ante la injusticia social, pero heridas en su naturaleza, que trataron de acercar la Iglesia a los pobres... mientras los pobres se marchaban a las sectas evangélicas, que era donde les seguían hablando de la salvación de su alma.



El desiderátum papal será inevitablemente interpretado de forma banal. Se dirá que si la Iglesia desea ser «pobre y para los pobres» deberá empezar por deshacerse de sus tesoros artísticos para dárselos a los pobres, que es exactamente lo mismo que reclama Judas en el pasaje evangélico de la Unción de Betania. En nombre de los pobres, la Iglesia ha sido muchas veces despojada (la historia española, con su rosario de desamortizaciones e incautaciones de bienes eclesiásticos, es un ejemplo palmario) por aquellos mismos que, a la vez que se lucraban con estos despojos, deseaban desactivar las iniciativas sociales católicas. Una auténtica «Iglesia pobre y para los pobres» es otra cosa muy distinta; aquellos papas tan «reaccionarios» que impulsaron la doctrina social de la Iglesia, lo sabían perfectamente



viernes, marzo 22, 2013

La crucifixión blanca de Chagall, la obra preferida del Papa Francisco.










Lo he sacado de una entrevista al entonces cardenal Bergoglio. Debe tener una explicación compleja, de la que he extraido sólo un parrafo. No conocía el cuadro hasta hoy......investiguen; es lo que yo procuro hacer. Y por supuesto la infalibilidad no se extiende a gustos artísticos o simbólicos...



Preguntado por una pintura, señala ésta ( cuando era cardenal).


La pintura de Chagall siempre la encontramos repleta de imágenes oníricas, que vinculan a este autor con el surrealismo. No obstante, se puede decir que la obra de Chagall siempre ha sido independiente y que presenta un estilo propio. La condición de este original artista se ve plasmada en la presenta obra. Chagall era ruso, de origen judío. El tema principal de este cuadro es el sufrimiento de Europa durante los años inmediatamente anteriores al estallido de la Segunda Guerra Mundial. En el centro de la composición vemos a Cristo crucificado, envuelto por un fuerte rayo que emana luz sobre una Europa envuelta en tinieblas. Cristo, por tanto, es presentado por Chagall como la única salvación posible.






El dolor aparece representado en esta pintura de diferentes modos. En el lado izquierdo, vemos soldados con banderas rojas irrumpiendo en una aldea. Al otro lado, vemos una sinagoga ardiendo y a un soldado nazi profanándola y arrojando los objetos sagrados al suelo. En la esquina inferior izquierda vemos a Ahasvero, el judío errante, que huye de la Cruz. A sus pies, un rollo de la Torah ardiendo. En la parte superior aparecen un grupo de ancianos con aspecto rabínico, figura del Antiguo Testamento, que discuten entre sí y se lamentan, pero ninguno de ellos se vuelve hacia Cristo, figura del Nuevo Testamento.





Este cuadro es muy enigmático, pues muestra a Cristo como la salvación y, a la vez, está impregnado de un marcado judaísmo. Incluso el propio Cristo el paño que se ciñen los judíos para hacer oración. También vemos en la parte inferior la Menorah encendida. Ciertamente, no nos encontramos frente a un cuadro devocional, sino más bien ante una pintura de denuncia social. En algún sentido, se parece al Guernica de Picasso, aunque, si bien Picasso reflejó en este cuadro su desesperación, Chagall refleja en la Crucifixión blanca su esperanza. “En nuestra vida sólo hay un color, como en la paleta del artista, que nos da el significado de la vida y del arte. Es el color del amor”, decía Chagall.




Francisco no quería ser Papa.











http://blogs.aceprensa.com/elsonar/el-papa-que-no-queria-serlo/. Del gran comunicador Ignacio Aréchaga.

“Que Dios os perdone lo que habéis hecho”, les dijo el Papa Francisco a los cardenales poco después de su elección. Una exclamación que, con su punta de humor, pone de relieve que la búsqueda de un líder en la Iglesia tiene muy poco que ver con los procesos de selección del mundo político o económico.


Antes del Cónclave, que iba a dejar malparados los pronósticos de tantos expertos, los clichés informativos nos hablaban de las “luchas de poder” en el Vaticano, casi como si estuviéramos ante la convención de un partido político. Sin duda, entre los cardenales habría diversas opiniones sobre el tipo de líder que ahora necesita la Iglesia. Pero, a diferencia de otro tipo de elecciones, en un Cónclave no se trata de que un candidato se imponga a otros, sino de encontrar entre todos la persona más adecuada para gobernar la Barca de Pedro.



La mayoría exigida de dos tercios no indica un triunfo personal de uno sobre otros, sino que se ha alcanzado entre todos un consenso suficiente de que esa persona es la que la Iglesia necesita ahora. En la Iglesia, tanto en la elección del Papa como en otras cuestiones de decisión colectiva, siempre se busca un consenso lo más amplio posible, y no una simple mayoría como puede bastar en un parlamento.



La peculiaridad de la elección se revela también en que nadie se postula candidato, y en que el elegido habría preferido que saliera otro. El puesto de Papa no es un puesto ambicionado, sino temido por el que puede resultar elegido, ante la responsabilidad que supone tomar las riendas de la Iglesia. Por no remontarnos más, basta pensar que tanto Ratzinger como Bergoglio resultaron elegidos en un momento de su vida en que ya solo aspiraban a un jubilación tranquila.



Sin duda, a la hora de la elección cuentan las características personales de los posibles candidatos. Pero, a la vez, nada es menos personal que este puesto. Como ha escrito Joaquín Navarro-Valls, “llegar a ser Papa es morir al instante a uno mismo. Es aceptar que uno ya no es portador de proyectos personales propios, sino que se ha convertido en el que sostiene a toda la Iglesia para siempre y debe encarnar definitivamente la voluntad de Dios”. De ahí que las propias ideas, los gustos o proyectos personales del nuevo Papa, no sean decisivos a la hora de pronosticar por dónde va a ir el gobierno de la Iglesia.



A diferencia de un político, un Papa no viene con su programa, sino con el deseo de poner sus cualidades personales al servicio de la difusión del Evangelio. Es este un programa que la Iglesia ha recibido para siempre, aunque en cada momento tenga que reinventar los modos más adecuados para hacerlo llegar a la humanidad.



También en estos días ha habido muchas sugerencias sobre lo que tiene que hacer el Papa Francisco para “reformar la Iglesia”. Algunos piensan que es la Iglesia la que debe convertirse a lo que está dispuesto a aceptar el espíritu de la época, en vez de pretender que el hombre de hoy se convierta al espíritu del Evangelio. No hay que hacer muchas cábalas para pronosticar que se van a equivocar tanto como con las quinielas de papables. Por eso, tras la luna de miel con el Papa Francisco, sencillo y directo, es inevitable que lleguen los desencuentros. Pero también eso va incluido en el empleo de Papa.

jueves, marzo 21, 2013

El Papa Francisco con humor y en serio...









" El  Papa Francisco no tiene más que un pulmón.... normal, necesita espacio para un corazón tan grande !!"

miércoles, marzo 20, 2013

Personas perfectas....

Aunque hay que pelear por mejorar siempre........


Un mes increíble.






Tengo algo de experiencia. Hay momentos en la historia, personal y de la humanidad, en que la historia se acelera, no sólo en acontecimientos , también en su intensidad. El 11 de febrero, Nuestra Señora de Lourdes, iba tranquilo en mi tren con encanto hacia Jaén. Un mensaje de un amigo me decía " ha dimitido el Papa Benedicto", me sorprendió. Los últimos días del Papado de Benedicto, darme cuenta del inmenso cariño que le había tomado. Los preparativos del nuevo cónclave, la elección inesperada del Papa Francisco, sus gestos, su sonrisa, su acento porteño, buscar quién era. Cuando frisaba los veinte me pasó algo parecido con Juan Pablo I y Juan Pablo II, el año 89 y la caída del comunismo en fichas de dominó. épocas providenciales, que me han llevado a rezar más, a redescubrir la propia vocación, a discernir qué es lo importante y qué lo accesorio y un empujón para vivir en lo importante y no en la espuma de lo accesorio. Asistí tambiéna los 25 años de sacerdocio de mi buen amigo bloguero Javier Vicens. Y me parece también que el mundo está sacudido. Dar gracias a Dios, alabarle...saber que por la gracia de la Fe, al Opus Dei  que me ha enseñado casi todo lo que soy, por mis padres, por tantos familiares, profesores, colegas, amigos que son mejores que yo, que uno es un pigmeo en un aventura maravillosa, que es la vida en el claroscuro de la Fe, la esperanza y el amor, con la seguridad de estar en una barca que navega a pesar de mí mismo y de tantas tormentas.

Y como dice Isaías, no quiero vivir del pasado, de melancolías; lo mejor está siempre por llegar. Como nos pide el Papa Francisco, hay que rezar por El y estar dispusto a seguirle, con obras, con ternura, con lo más débiles, para como decía San Josemaría, darle la vuelta al mundo como a un calcetín. Gracias, gracias.

martes, marzo 19, 2013

Homilía del Papa Francisco., en el comienzo del ministerio petrino.





Queridos hermanos y hermanas




Doy gracias al Señor por poder celebrar esta Santa Misa de comienzo del ministerio petrino en la solemnidad de san José, esposo de la Virgen María y patrono de la Iglesia universal: es una coincidencia muy rica de significado, y es también el onomástico de mi venerado Predecesor: le estamos cercanos con la oración, llena de afecto y gratitud.



Saludo con afecto a los hermanos Cardenales y Obispos, a los presbíteros, diáconos, religiosos y religiosas y a todos los fieles laicos. Agradezco por su presencia a los representantes de las otras Iglesias y Comunidades eclesiales, así como a los representantes de la comunidad judía y otras comunidades religiosas. Dirijo un cordial saludo a los Jefes de Estado y de Gobierno, a las delegaciones oficiales de tantos países del mundo y al Cuerpo Diplomático.



Hemos escuchado en el Evangelio que «José hizo lo que el ángel del Señor le había mandado, y recibió a su mujer» (Mt 1,24). En estas palabras se encierra ya la la misión que Dios confía a José, la de ser custos, custodio. Custodio ¿de quién? De María y Jesús; pero es una custodia que se alarga luego a la Iglesia, como ha señalado el beato Juan Pablo II: «Al igual que cuidó amorosamente a María y se dedicó con gozoso empeño a la educación de Jesucristo, también custodia y protege su cuerpo místico, la Iglesia, de la que la Virgen Santa es figura y modelo» (Exhort. ap. Redemptoris Custos, 1).



¿Cómo ejerce José esta custodia? Con discreción, con humildad, en silencio, pero con una presencia constante y una fidelidad y total, aun cuando no comprende. Desde su matrimonio con María hasta el episodio de Jesús en el Templo de Jerusalén a los doce años, acompaña en todo momento con esmero y amor. Está junto a María, su esposa, tanto en los momentos serenos de la vida como los difíciles, en el viaje a Belén para el censo y en las horas temblorosas y gozosas del parto; en el momento dramático de la huida a Egipto y en la afanosa búsqueda de su hijo en el Templo; y después en la vida cotidiana en la casa de Nazaret, en el taller donde enseñó el oficio a Jesús



¿Cómo vive José su vocación como custodio de María, de Jesús, de la Iglesia? Con la atención constante a Dios, abierto a sus signos, disponible a su proyecto, y no tanto al propio; y eso es lo que Dios le pidió a David, como hemos escuchado en la primera Lectura: Dios no quiere una casa construida por el hombre, sino la fidelidad a su palabra, a su designio; y es Dios mismo quien construye la casa, pero de piedras vivas marcadas por su Espíritu. Y José es «custodio» porque sabe escuchar a Dios, se deja guiar por su voluntad, y precisamente por eso es más sensible aún a las personas que se le han confiado, sabe cómo leer con realismo los acontecimientos, está atento a lo que le rodea, y sabe tomar las decisiones más sensatas. En él, queridos amigos, vemos cómo se responde a la llamada de Dios, con disponibilidad, con prontitud; pero vemos también cuál es el centro de la vocación cristiana: Cristo. Guardemos a Cristo en nuestra vida, para guardar a los demás, salvaguardar la creación.

Pero la vocación de custodiar no sólo nos atañe a nosotros, los cristianos, sino que tiene una dimensión que antecede y que es simplemente humana, corresponde a todos. Es custodiar toda la creación, la belleza de la creación, como se nos dice en el libro del Génesis y como nos muestra san Francisco de Asís: es tener respeto por todas las criaturas de Dios y por el entorno en el que vivimos. Es custodiar a la gente, el preocuparse por todos, por cada uno, con amor, especialmente por los niños, los ancianos, quienes son más frágiles y que a menudo se quedan en la periferia de nuestro corazón. Es preocuparse uno del otro en la familia: los cónyuges se guardan recíprocamente y luego, como padres, cuidan de los hijos, y con el tiempo, también los hijos se convertirán en cuidadores de sus padres. Es vivir con sinceridad las amistades, que son un recíproco protegerse en la confianza, en el respeto y en el bien. En el fondo, todo está confiado a la custodia del hombre, y es una responsabilidad que nos afecta a todos. Sed custodios de los dones de Dios.

Y cuando el hombre falla en esta responsabilidad, cuando no nos preocupamos por la creación y por los hermanos, entonces gana terreno la destrucción y el corazón se queda árido. Por desgracia, en todas las épocas de la historia existen «Herodes» que traman planes de muerte, destruyen y desfiguran el rostro del hombre y de la mujer.

Quisiera pedir, por favor, a todos los que ocupan puestos de responsabilidad en el ámbito económico, político o social, a todos los hombres y mujeres de buena voluntad: seamos «custodios» de la creación, del designio de Dios inscrito en la naturaleza, guardianes del otro, del medio ambiente; no dejemos que los signos de destrucción y de muerte acompañen el camino de este mundo nuestro. Pero, para «custodiar», también tenemos que cuidar de nosotros mismos. Recordemos que el odio, la envidia, la soberbia ensucian la vida. Custodiar quiere decir entonces vigilar sobre nuestros sentimientos, nuestro corazón, porque ahí es de donde salen las intenciones buenas y malas: las que construyen y las que destruyen. No debemos tener miedo de la bondad, más aún, ni siquiera de la ternura.

Y aquí añado entonces una ulterior anotación: el preocuparse, el custodiar, requiere bondad, pide ser vivido con ternura. En los Evangelios, san José aparece como un hombre fuerte y valiente, trabajador, pero en su alma se percibe una gran ternura, que no es la virtud de los débiles, sino más bien todo lo contrario: denota fortaleza de ánimo y capacidad de atención, de compasión, de verdadera apertura al otro, de amor. No debemos tener miedo de la bondad, de la ternura.



Hoy, junto a la fiesta de San José, celebramos el inicio del ministerio del nuevo Obispo de Roma, Sucesor de Pedro, que comporta también un poder. Ciertamente, Jesucristo ha dado un poder a Pedro, pero ¿de qué poder se trata? A las tres preguntas de Jesús a Pedro sobre el amor, sigue la triple invitación: Apacienta mis corderos, apacienta mis ovejas. Nunca olvidemos que el verdadero poder es el servicio, y que también el Papa, para ejercer el poder, debe entrar cada vez más en ese servicio que tiene su culmen luminoso en la cruz; debe poner sus ojos en el servicio humilde, concreto, rico de fe, de san José y, como él, abrir los brazos para custodiar a todo el Pueblo de Dios y acoger con afecto y ternura a toda la humanidad, especialmente los más pobres, los más débiles, los más pequeños; eso que Mateo describe en el juicio final sobre la caridad: al hambriento, al sediento, al forastero, al desnudo, al enfermo, al encarcelado (cf. Mt 25,31-46). Sólo el que sirve con amor sabe custodiar.



En la segunda Lectura, san Pablo habla de Abraham, que «apoyado en la esperanza, creyó, contra toda esperanza» (Rm 4,18). Apoyado en la esperanza, contra toda esperanza. También hoy, ante tantos cúmulos de cielo gris, hemos de ver la luz de la esperanza y dar nosotros mismos esperanza. Custodiar la creación, cada hombre y cada mujer, con una mirada de ternura y de amor; es abrir un resquicio de luz en medio de tantas nubes; es llevar el calor de la esperanza. Y, para el creyente, para nosotros los cristianos, como Abraham, como san José, la esperanza que llevamos tiene el horizonte de Dios, que se nos ha abierto en Cristo, está fundada sobre la roca que es Dios.



Custodiar a Jesús con María, custodiar toda la creación, custodiar a todos, especialmente a los más pobres, custodiarnos a nosotros mismos; he aquí un servicio que el Obispo de Roma está llamado a desempeñar, pero al que todos estamos llamados, para hacer brillar la estrella de la esperanza: protejamos con amor lo que Dios nos ha dado.



Imploro la intercesión de la Virgen María, de san José, de los Apóstoles san Pedro y san Pablo, de san Francisco, para que el Espíritu Santo acompañe mi ministerio, y a todos vosotros os digo: Orad por mí. Amen.


San José y San Josemaría.







http://www.escrivaobras.org/  Texto de San Josemaría Escriva.

José amó a Jesús como un padre ama a su hijo, le trató dándole todo lo mejor que tenía. José, cuidando de aquel Niño, como le había sido ordenado, hizo de Jesús un artesano: le transmitió su oficio. Por eso los vecinos de Nazaret hablarán de Jesús, llamándole indistintamente faber y fabri filius: artesano e hijo del artesano. Jesús trabajó en el taller de José y junto a José. ¿Cómo sería José, cómo habría obrado en él la gracia, para ser capaz de llevar a cabo la tarea de sacar adelante en lo humano al Hijo de Dios?




Porque Jesús debía parecerse a José: en el modo de trabajar, en rasgos de su carácter, en la manera de hablar. En el realismo de Jesús, en su espíritu de observación, en su modo de sentarse a la mesa y de partir el pan, en su gusto por exponer la doctrina de una manera concreta, tomando ejemplo de las cosas de la vida ordinaria, se refleja lo que ha sido la infancia y la juventud de Jesús y, por tanto, su trato con José.



No es posible desconocer la sublimidad del misterio. Ese Jesús que es hombre, que habla con el acento de una región determinada de Israel, que se parece a un artesano llamado José, ése es el Hijo de Dios. Y ¿quién puede enseñar algo a Dios? Pero es realmente hombre, y vive normalmente: primero como niño, luego como muchacho, que ayuda en el taller de José; finalmente como un hombre maduro, en la plenitud de su edad. Jesús crecía en sabiduría, en edad y en gracia delante de Dios y de los hombres.



lunes, marzo 18, 2013

San José, maestro de fe, esperanza y amor.







Texto de San Josemaría  Escrivá.




Fe, amor, esperanza: estos son los ejes de la vida de San José y los de toda vida cristiana. La entrega de San José aparece tejida de ese entrecruzarse de amor fiel, de fe amorosa, de esperanza confiada. Su fiesta es, por eso, un buen momento para que todos renovemos nuestra entrega a la vocación de cristianos, que a cada uno de nosotros ha concedido el Señor.




Cuando se desea sinceramente vivir de fe, de amor y de esperanza, la renovación de la entrega no es volver a tomar algo que estaba en desuso. Cuando hay fe, amor y esperanza, renovarse es —a pesar de los errores personales, de las caídas, de las debilidades— mantenerse en las manos de Dios: confirmar un camino de fidelidad. Renovar la entrega es renovar, repito, la fidelidad a lo que el Señor quiere de nosotros: amar con obras.



El amor tiene necesariamente sus características manifestaciones. Algunas veces se habla del amor como si fuera un impulso hacia la propia satisfacción, o un mero recurso para completar egoístamente la propia personalidad. Y no es así: amor verdadero es salir de sí mismo, entregarse. El amor trae consigo la alegría, pero es una alegría que tiene sus raíces en forma de cruz. Mientras estemos en la tierra y no hayamos llegado a la plenitud de la vida futura, no puede haber amor verdadero sin experiencia del sacrificio, del dolor. Un dolor que se paladea, que es amable, que es fuente de íntimo gozo, pero dolor real, porque supone vencer el propio egoísmo, y tomar el Amor como regla de todas y de cada una de nuestras acciones.

Del Papa Francisco.