viernes, marzo 13, 2015

Papa Francisco, 2 años de juventud en la Iglesia




Juan Vicente Boo.



En el Vaticano sonríen ahora hasta los guardias suizos. Siguen haciendo su trabajo con perfeccionismo helvético, y no bajan la guardia frente a las amenazas, pero miran a los ojos a la gente. Es parte del aire de alegría y de sencillez que se ha contagiado poco a poco por el ejemplo de Francisco.
Hay también personas que rechinan los dientes: son los intrigantes y los «carreristas». Han perdido el control. Y, aunque lo intentan, no consiguen sabotear un pontificado que avanza a toda vela incluso en los días de tormenta.
Después del «electroshock» de la renuncia de Benedicto XVI, la «terapia» de Francisco está dando buen resultado. Estos dos años han rejuvenecido a la Iglesia, que gana optimismo, ligereza y sencillez. Siguiendo el ejemplo del Papa, muchos obispos se han bajado del pedestal para descubrir, sorprendidos, que la gente les escucha más cuando hablan de igual a igual. Los que continúan actuando como «obispos príncipes» están cada vez más solos.
Las primeras palabras del Papa a los cardenales que le habían elegido fueron una invitación a no tener miedo a la ternura ni a la misericordia. Ese mensaje, impulsado por gestos como abrazar a los enfermos, lavar los pies a jóvenes reclusos, visitar a los refugiados en Lampedusa, etc., ha llegado a todo el planeta.
El estilo del nuevo Papa, tan distinto de Benedicto XVI, desconcertó al principio a los católicos de gustos tradicionales. Pero en pocos meses casi todos pasaron del desconcierto a la simpatía y ahora, al cabo de dos años, pueden ver las líneas de continuidad con propuestas de Benedicto XVI que el bondadoso pontífice alemán no conseguía llevar a la práctica.

Un Papa con «sana dosis de inconsciencia»

Con su despliegue de energía y de temeridad –no utilizar coches blindados, mezclarse con la gente, tomar mate de quien se lo ofrezca, recibir a personajes polémicos, etc.- Francisco ha pasado por encima de los burócratas vaticanos que frenaban o traicionaban a su predecesor.
Con sus homilías mañaneras, las improvisaciones en los discursos, las conferencias de prensa en los viajes –siempre en tono coloquial y un lenguaje popular- el Papa consigue que su mensaje llegue a todos los rincones del planeta. La gente entiende sus imágenes, llenas de sentido común, sin necesidad de intermediarios.
Francisco se fía, e invita a fiarse del Espíritu Santo. Afirma que «Dios es bueno conmigo: me ha dado una sana dosis de inconsciencia». Trabaja como un acróbata sin red y arriesga, pero casi todo le sale bien.
Es un intelectual de gran calado y tiene un talento instintivo para la diplomacia humana, pero procura que no se note. Cuando salen a la luz resultados espectaculares como el acercamiento entre Estados Unidos y Cuba, intenta disimular.
Después de un precónclave en que por primera vez se debatieron abiertamente los fallos de la Curia vaticana –mucho más que las filtraciones de «Vatileaks» o los escándalos del banco del Vaticano-, los cardenales buscaron a una persona capaz de poner orden.

Fin al monopolio de la Curia

Un Papa suizo probablemente se habría muerto en pocos meses. Por fortuna, eligieron a un experto en nadar en aguas turbulentas. Como jefe de los jesuitas de Argentina, Jorge Bergoglio había conseguido poner orden en la Compañía, y hacerlo durante el peligroso período de la «guerra sucia». Como arzobispo de Buenos Aires, era el abanderado de la justicia y del pueblo frente a sucesivos gobiernos corruptos que aceleraban el declive del país.
El «Big Bang» de la reforma de la Curia vaticana tuvo lugar el 14 de abril del 2013. Al mes justo de su elección, Francisco creaba un consejo de ocho cardenales de los cinco continentes para ayudarle «en el gobierno de la Iglesia universal». El monopolio de gobierno de la Curia vaticana había terminado, pero muchos burócratas no se dieron cuenta porque pensaban que sería tan sólo otro consejo inútil. No sabían que iba a funcionar con el empuje de un rompehielos.
Algunos orondos canonistas se ofrecieron a elaborar proyectos dereforma de la Curia. No se daban cuenta de que Francisco había decidido reformarla desde fuera, precisamente con personas ajenas al Vaticano. Tampoco sospechaban que lo iría haciendo a pequeños trozos, dejando para el final la elaboración de la norma canónica constitucional, limitada a reflejar jurídicamente los hechos consumados.
Urgido por los escándalos financieros, Francisco tuvo que empezar por poner orden en la parte económico-patrimonial del Vaticano. Y lo hizo también mediante expertos externos. En pocos meses, el Vaticano estaba lleno de consultoras internacionales: McKinsey, KPMG, Ernst Young, Promontory International…
Los viejos zorros de la burocracia, expertos en neutralizar investigaciones, fueron arrollados. Poco después, el Papa creaba la secretaria de Economía, centralizando el control financiero en manos del vigoroso cardenal de Sidney George Pell, uno de los miembros del consejo de cardenales.

Freno al «carrerismo»

Entretanto, reformaba el sistema de trabajo del Sínodo de Obispos: desde la encuesta mundial para conocer de modo realista la situación de la familia hasta la novedad de dar la palabra en Roma, al comienzo de cada mañana y cada tarde a un matrimonio, que hablaba a los obispos con conocimiento de causa.
La colegialidad ha avanzado también rápido en el trabajo de los cardenales. En sus dos «hornadas» de nuevos purpurados, Franciscose ha saltado las antiguas «diócesis cardenalicias», cortando una de las vías de «carrerismo» de los italianos. Ha traído pastores sencillos y eficaces de lugares remotos, que ahora suman ya un cuarto del colegio de cardenales.
Y ha creado un sistema práctico de trabajo. En lugar de convocarles cada dos años a Roma para reuniones ceremoniales de imposición de nuevas birretas, les reúnen cada año en febrero para trabajar dos o tres días sobre temas específicos como la familia en el 2014 o la reforma de la Curia vaticana en el 2015. Ahora todos pueden dar su opinión y saber lo que está pasando en el Vaticano.
Pero los ajustes organizativos, que han consumido buena parte del tiempo del Papa en estos primeros dos años, no son en absoluto su prioridad.
Francisco quiere cambiar a las personas. Cambiar el modo de ser y de actuar de los católicos hacia un estilo más cercano al Jesús de los Evangelios. Cambiar el modo de pensar de los musulmanes, a cuyos líderes religiosos dijo el 28 de noviembre en Ankara que deben condenar el extremismo y la violencia en las propias filas. Cambiar el modo de actuar de los ciudadanos de los países ricos para que no derrochen los recursos del planeta. Evitar que la economía real vaya a remolque de la especulación financiera. Contener en lo posible las guerras y el terrorismo…

Personaje del año

El proyecto del Papa está escrito con toda claridad en la exhortación apostólica «La alegría del Evangelio». Decenas de millones de personas la han leído y la utilizan para mejorar su propia vida. Millones de hombres y mujeres, jóvenes y ancianos, acuden a verle cada año en Roma y en sus viajes internacionales.
En diciembre del 2013, los principales diarios y revistas internacionales nombraban a Francisco «Personaje del Año». La revista «Forbes» y otras «biblias» del capitalismo le incluyen entre las personas más influyentes del planeta.
El Papa ha criticado con dureza el capitalismo descontrolado y el intervencionismo militar de Estados Unidos. Aun así, el presidenteObama le invitó a visitar el país en septiembre del 2015. Y el Congreso le ha invitado a tomar la palabra ante las dos cámaras en sesión conjunta. Juan Pablo II fue el primer Papa recibido en el Parlamento Europeo. Benedicto XVI , el primero en el Parlamento Británico medio milenio después de la ruptura. Francisco es el primer Papa invitado a dirigirse al Congreso americano. En sólo dos años es, por su propio peso, el «Papa del mundo».

jueves, marzo 12, 2015

La misión de la mujer en el Fundador del Opus Dei.














La teóloga Jutta Burggraf, profesora de la Universidad de Navarra, pronunció una conferencia sobre las aportaciones de san Josemaría al reconocimiento de la misión que las mujeres desempeñan en la sociedad. El Colegio Mayor Saomar, de Valencia, organizó el acto con motivo del centenario del nuevo santo.

“¿Qué ‘imagen de la mujer’ tuvo san Josemaría ? -se preguntó Burggraf-. Este sacerdote sencillo y sonriente, que la mayoría de nosotros sólo conoce por las fotografías, fue un pionero de la promoción de la dignidad y emancipación de las mujeres en todo el mundo”.
A partir de textos del sacerdote, la profesora Burggraf expuso ante 300 personas algunas consideraciones sobre el valor idéntico de los sexos, la grandeza de cada persona, la promoción profesional de la mujer, el valor de las tareas del hogar, la cultura de la confianza, la liberación cristiana, etcétera.
“No fue la revolución feminista la que convenció a ese sacerdote español del valor idéntico de los sexos -afirmó Burggraf-. Como san Josemaría tenía una mente abierta y una fe viva y profunda, comprendió desde su juventud que el hombre y la mujer tienen exactamente la misma dignidad. Ambos son inteligentes y libres; a ambos les fue confiado el cultivo de la tierra como tarea común, y ambos poseen una última y exclusiva relación inmediata con Dios. Nadie es más que otro, ¡ninguno! - solía decir -. No quiero sino ayudar, por los caminos del espíritu, a la libertad y a la dignidad de cada persona. Ése es mi sueño”.
En todos los caminos profesionales
“Escrivá tenía esto claro en un tiempo en el que en las sociedades europeas se esperaba de las mujeres poco más que sonreír a los varones, tocar el piano, hacer puntillas y aprender el Catecismo. Cuando el joven Josemaría estudiaba Derecho en la Universidad de Zaragoza (1923-27), probablemente no había ninguna chica entre sus compañeros de curso; y cuando Dios le hizo ver que convendría admitir también a mujeres en el Opus Dei , en 1930, no existía todavía el sufragio femenino en España, ni en Francia, Italia, Suiza y muchos otros países".
El público llenó el C.M. Saomar.El público llenó el C.M. Saomar.

"Josemaría Escrivá -continuó diciendo- se empeñó más bien en sacar a las mujeres del papel secundario que se les asignaba, y contribuir así, de un modo positivo, a un mundo más justo y agradable. Veía a la mujer en todos los caminos profesionales, en todas las encrucijadas del trabajo, y no sólo en las tareas de su propio hogar. El fundador de la Obra esperaba de ellas que tomasen su vida profesional realmente en serio, les animaba a aceptar responsabilidades de mayor envergadura y cargos de más difícil desempeño: no para “brillar” personalmente, sino para servir más y mejor, para amar con eficacia".
Burggraf explicó también como Josemaría Escrivá era consciente de los valores más desarrollados en la mujer. "Los varones y las mujeres, aunque compartan todo lo esencial en la común naturaleza humana, tienen, a veces, distintas sensibilidades y necesidades: experimentan el mundo de forma diferente, sienten, planean y reaccionan de manera desigual, lo que puede percibir cualquier persona realista. En este sentido, Josemaría afirmaba que la mujer está llamada a llevar a la familia, a la sociedad civil, a la Iglesia, algo característico, que le es propio y que sólo ella puede dar: su delicada ternura, su generosidad incansable, su amor por lo concreto, su agudeza de ingenio, su capacidad de intuición… Escrivá alentaba a las mujeres a afirmar consciente y decididamente su diversidad: a descubrir, aceptar y desarrollar los propios talentos".
En el hogar y fuera de él
En relación a las tareas del hogar, la conferenciante explicó que “Josemaría estaba lejos de aconsejar que todas las mujeres vuelvan al ‘dulce hogar’. Pero quería que todas las personas tengan posibilidad de hacer libremente, y con cierta soltura, lo que creen que es bueno. En esa línea, enseñaba que los trabajos domésticos pueden ayudar a desarrollar, de modo especial, la capacidad de estar ahí, libremente, para los demás. Así, esos trabajos, aparentemente tan monótonos, son la fuente secreta de la felicidad y eficacia de toda una familia".
Jutta Burggraf finalizó su exposición señalando que San Josemaría, “no quiso ni pudo darnos soluciones hechas para los problemas concretos de los nuevos tiempos. Por esto, compete a nosotros encontrar esas soluciones, para cada época por las que estamos atravesando. Compete a nosotros, hoy, empeñarnos en que se reconozca la plena dignidad de la persona en todo el mundo, y que la mujer, por fin, deje de ser un tema espinoso. Para lograr eso, nos conviene profundizar en el espíritu de ese soñador realista, tener en cuenta sus visiones amplias, inspirarnos en su entusiasmo y su audacia”.

miércoles, marzo 11, 2015

Lucha interior.






No dialogues con la tentación. Déjame que te lo repita: ten la valentía de huir; y la reciedumbre de no manosear tu debilidad, pensando hasta dónde podrías llegar. ¡Corta, sin concesiones!
No tienes excusa ninguna. La culpa es sólo tuya. Si sabes -te conoces lo suficiente- que, por ese sendero -con esas lecturas, con esa compañía,...-, puedes acabar en el precipicio, ¿por qué te obstinas en pensar que quizá es un atajo que facilita tu formación o que madura tu personalidad? Cambia radicalmente tu plan, aunque te suponga más esfuerzo, menos diversiones al alcance de la mano. Ya es hora de que te comportes como una persona responsable.
Mucho duele al Señor la inconsciencia de tantos y de tantas, que no se esfuerzan en evitar los pecados veniales deliberados. ¡Es lo normal -piensan y se justifican-, porque en esos tropiezos caemos todos! Oyeme bien: también la mayoría de aquella chusma, que condenó a Cristo y le dio muerte, empezó sólo por gritar -¡como los otros!-, por acudir al Huerto de los Olivos -¡con los demás!-,... Al final, empujados también por lo que hacían "todos", no supieron o no quisieron echarse atrás..., ¡y crucificaron a Jesús! -Ahora, al cabo de veinte siglos, no hemos aprendido.
Altibajos. Tienes muchos, ¡demasiados! altibajos. La razón es clara: hasta aquí, has llevado una vida fácil, y no quieres enterarte de que del "desear" al "darse" media una distancia notable.
San Josemaría.

martes, marzo 10, 2015

La sinceridad, virtud preferida de san Josemaría Escrivá.





Pippo (Giuseppe) Corigliano es napolitano. Se licenció en Ingeniería en Nápoles y en los años 70 se trasladó a Milán, donde empezó a tener contacto con los medios de comunicación. Desde 1980 hasta 2011 ha dirigido en Roma la Oficina de Información del Opus Dei para Italia. Ha publicado diversos libros de espiritualidad. En este artículo nos cuenta algunos recuerdos del Fundador del Opus Dei, en el año en que se cumplen los 40 años del fallecimiento de san Josemaría. 


En 2015 se cumplirán 40 años de la muerte de san Josemaría.
Me parece increíble que haya pasado tanto tiempo de un hecho que recuerdo con tanta nitidez. Estábamos comiendo en un centro de la Obra en Milán cuando el sacerdote don Mario Lantini recibió una llamada urgente. Cuando regresó, dijo conmovido: "El Padre ha muerto". Nos quedamos de piedra. Interrumpimos la comida y fuimos al oratorio. Después, acompañé a Cesare Cavalleri, que aquel día había venido a comer, al tren. Era el 26 de junio y el día era espléndido, un sol radiante resplandecía en Milán. Cuando dejé a Cesare, miré a mi alrededor, me parecía extraño que todo estuviera tan alegre, mientras yo tenía ese peso en el corazón. 

Hace menos de tres meses, había sido invitado a Villa Tevere, en Roma y, después de la comida, había contado al Padre algunas anécdotas del encuentro organizado durante la Semana Santa con estudiantes italianos en una residencia universitaria situada en el barrio romano del Eur. Algunos de esos universitarios habían pedido la admisión en la Obra y el Padre comentó: "Es cuestión de fe, no es cuestión de otras cuestiones", aludiendo al apostolado. 
Me recomendó ser comprensivo con las debilidades de los jóvenes "que además son iguales a las nuestras"

Me recomendó ser comprensivo con las debilidades de los jóvenes "que además son iguales a las nuestras" añadió. Y dijo una frase que don Álvaro recogió en la primera carta que escribió después de la muerte del Padre (El beato Álvaro del Portillo fue un fiel colaborador de san Josemaría, y su primer sucesor en la guía del Opus Dei). "Lo peor que nos puede pasar en el Opus Dei es que no se note que nos queremos". Una frase que ha sido siempre fuente de inspiración para mí en el trato con los demás. No me alargo en referir las bromas que hizo en aquella ocasión, aunque al inicio yo había notado que estaba cansado, ese cansancio desapareció rápidamente al hablarle del apostolado. 

Un clima de familia
Pensé en la primera vez que había visto a san Josemaría en aquella misma sala en 1961. Tenía 19 años y estaba emocionado porque conocería al autor deCamino, el libro que llevaba varios años leyendo. Había pedido la admisión en elOpus Dei como numerario el año anterior y noté que los demás, más mayores que yo, también estaban nerviosos con la llegada del Padre. El clima cambió por completo apenas vimos la sombra de dos sacerdotes. El segundo, don Álvaro, sonriendo se dirigió al fondo de la habitación, mientras el Padre se sentaba sobre el brazo de un sofá. 
San Josemaría con el beato Álvaro del Portillo
San Josemaría con el beato Álvaro del Portillo

Comenzó rápidamente a bromear con todos y se creó un clima de familia que posteriormente he visto siempre alrededor del Padre. En un cierto momento, vió a Giorgio del Lungo que había regresado de Suiza. Le puso las manos sobre la cara y lo miró con una mirada tan cariñosa que entendí al instante cuánto nos quería el Padre, con corazón de padre y de madre. Recuerdo también una escena habitual: el Padre se detiene mientras está hablando y dice con voz alta: "¡Álvaro!" e inmediatamente la voz de don Álvaro que pronuncia la palabra que el Padre buscaba.

Entre tantos recuerdos, hay uno de una comida que tuve la suerte de compartir con el Padre en Civenna, un pueblecito que se eleva entre los dos lados del lago de Como, en el verano de 1972. Con la excusa de llevarle correo, cada uno de nosotros iba por turnos a donde estaba el Padre y allí se quedaba casi todo el día. El Padre me preguntó: "¿Estás bien en Milán?" Recordando que al Padre le gustaba bromear sobre los lugares de proveniencia (lo hacía sobre todo con Peppino Molteni, de Brianza), respondí: "Padre, Milán tiene una ventaja. Cuando te vas, estás en un sitio mejor". El Padre sonrió pero no añadió nada. Después de veinticinco añosdon Javier, Prelado del Opus Dei, repitió la misma frase a un periodista milanés que le había presentado: "como dice Corigliano, Milán tiene una ventaja...". Comprobé asombrado, una vez más, la prodigiosa memoria de don Javier. 

Permanecí allí todavía más tiempo en aquella inolvidable tarde. El Padre me dio a besar la reliquia de San Pío X que llevaba colgada en el cuello, mientras don Javier fingía protestar: "Pippo, ¡cómo te aprovechas!". En aquellos años el Padre sufría por la situación de la Iglesia, a causa de las turbulencias del posconcilio. 

En los años sesenta, estando todavía en Nápoles, organizábamos excursiones para ir a ver al Padre con los chicos que frecuentaban la Residencia Monterone, muchos de los cuales ya eran de la Obra. Eran encuentros de una increíble alegría. Una vez llevamos como regalo un carrito de cerámica de Vietri tirado por un burrito, el animal que más le gustaba al Padre y uno de los estudiantes cantó en un napolitano comprensible "Tu sì ‘na cosa grande pe’ me!".

Se creaba un clima que se refleja perfectamente en las películas de los encuentros de san Josemaría con tanta gente (filmarlas fue una idea de don Álvaro). Esas películas son para mí, y creo que para muchos, un tesoro inestimable. Es como volver a encontrar a san Josemaría. Cada vez que las veo, me digo: "Pippo hace falta volver a empezar" como si hasta ahora no hubiese dado ningún paso en el camino de la fe y del amor. 

El Padre conocía perfectamente la psicología de las personas y daba ejemplos concretos que se quedaban en la memoria, sobre todo para los más jóvenes. Por ejemplo, para explicar que no se puede abrazar sólo una parte de la fe, decía que en ciertas cosas no se admiten las medias tintas. Un médico no puede decir a una señora: "usted está bastante embarazada", o lo está o no lo está. Los chicos reían divertidos y el concepto se quedaba fijado en la cabeza. 

La virtud preferida
Las respuestas que daba a las preguntas que le hacían eran siempre distintas y sorprendentes porque comprendía el estado de ánimo del interlocutor y se adaptaba a su situación. A la misma pregunta respondía diversamente, excepto cuando le preguntaban cuál era su virtud preferida. "La sinceridad", era la respuesta inmediata. 
San Josemaría con el beato Álvaro del Portillo y algunos miembros de la Obra en Roma
San Josemaría con el beato Álvaro del Portillo y algunos miembros de la Obra en Roma

El Padre vivía todas las cosas de forma apasionada. Un día nos dijo que teníamos que tener el pecho de cristal para que pudieran leer dentro, sobre todo quien tuviera la tarea de hacerlo porque el Señor concede abundantemente la gracia de la humildad a aquellos que ven en la ayuda de la dirección espiritual la voz del Espíritu Santo. Después pasó a hablar de la situación de la Iglesia y nos dijo, más o menos, "si yo tuviera el pecho de cristal veríais mi corazón que sangra". Lo dijo de una forma tan intensa que me conmoví. Casi podía ver el corazón del Padre sangrando. 

Por encima de este temperamento apasionado, él había construido un método férreo para ser ordenado. Los dos sacerdotes que estaban siempre a su lado lo ayudaban en esto. Apenas llegaba a un sitio hacía un horario y se atenía a él rigurosamente, pero siempre con la elasticidad de un padre. Si alguno estaba enfermo encontraba siempre tiempo para ir a verlo y divertirlo. 

sábado, marzo 07, 2015

Diagnóstico de lo que pasa... jodidos.






¿Quieres saber en 10 líneas qué le pasa al hombre posmoderno? Te lo dice Neal Stephenson (tomado de Alonso Sandoica).

















viernes, marzo 06, 2015

Delito de gilipollas.













Buenas, soy Emilio Calatayud. Lo primero, pedir disculpas por el taco que va en el titular (sé que hay personas a las que no les gustan), pero es que creo que en este caso está bien empleado. A ver, parece que ha llegado a España procedente de Estados Unidos -de allí suele venir todo lo bueno y todo lo malo, no tienen término medio- la moda de agredir a un desconocido en plena calle, grabar la agresión con un móvil y subir el vídeo a Internet para completar la ‘gracia’. El Código Penal no está preparado para estas nuevas formas de delincuencia: a alguien que hace algo así se le debería acusar de un delito (o falta) de lesiones y también del delito (o la falta) de ser gilipollas, porque hay que ser muy gilipollas para hacer algo así. La otra alternativa es que la gilipollez sea considerada una circunstancia agravante… A ver si el Congreso lo tiene en cuenta a la hora de reformar el Código Penal.

jueves, marzo 05, 2015

Madre.

El día 3 de este mes se cumplieron siete años desde que se fue la amatxo. Detalle enviado por old chap.







Benditas las ojeras de las madres, y bienaventuradas las espaldas de las madres, los pasos con varices de las madres. La noches arrasadas de las madres. Y bienaventuradas las madres, madres, madres.
   Porque ser madre es una puerta abierta; ser madre es un peral junto al camino. Es un agua sencilla, una pradera...Un árbol sin horarios ni preguntas, ni prohibidos. Un poco de nieve que se pisa.
   Ser madre es lo que nunca termina.
   Lo que parece Dios de tan, tan madre.
   Yo bendigo a las madres con toda la poesía que me cabe en la voz. Y digo para el puro diccionario de los ángeles: madre, la mujer que al dolor le enseña a ser sonrisa.


                                                                                Miguel d’Ors

miércoles, marzo 04, 2015

Españoles adanistas e idiotas.

http://elpais.com/elpais/2015/02/27/eps/1425065557_596846.html   De Javier Marías.










A veces tengo la sensación de que este es un país definitivamente idiota, en la escasa medida en que puede generalizarse, claro. Entre las idioteces mayores de los españoles está el narcisismo, que los lleva a querer darse importancia personal, aunque sea como parte de un colectivo. Rara es la generación que no tiene la imperiosa ambición de sentirse protagonista de “algo”, de un cambio, de una lucha, de una resistencia, de una innovación decisiva, de lo que sea. Y eso da pie a lo que se llama adanismo, es decir, según el DRAE, “hábito de comenzar una actividad cualquiera como si nadie la hubiera ejercitado anteriormente”, o, según el DEA, “tendencia a actuar prescindiendo de lo ya existente o de lo hecho antes por otros”. El resultado de esa actitud suele ser que los “originales” descubran sin cesar mediterráneos y por tanto caigan, sin saberlo, en lo más antiguo y aun decrépito. Presentan como “hallazgos” ideas, propuestas, políticas, formas artísticas mil veces probadas o experimentadas y a menudo arrumbadas por inservibles o nocivas o arcaicas. Pero como el adanista ha hecho todo lo posible por no enterarse, por desconocer cuanto ha habido antes de su trascendental “advenimiento” –por ser un ignorante, en suma, y a mucha honra–, se pasa la vida creyendo que “inaugura” todo: aburriendo a los de más edad y deslumbrando a los más idiotas e ignaros de la suya.
Los adanistas menos puros, los que encajan mejor en la segunda definición que en la primera, se ven en la obligación de echar un vistazo atrás para desmerecer el pasado reciente, para desprestigiarlo en su conjunto, para considerarlo enteramente inútil y equivocado. Han de demolerlo y declararlo nulo y dañino para así subrayar que “lo bueno” empieza ahora, con ellos y sólo con ellos. Es una de las modalidades de vanidad más radicales: antes de que llegáramos nosotros al mundo, todos vivieron en el error, sobre todo los más cercanos, los inmediatamente anteriores. “Mañana nos pertenece”, como cantaba aquel himno nazi que popularizó en su día la película Cabaret, y todo ayer es injusto, desdichado, erróneo, perjudicial y nefasto. Si eso fuera cierto e incontrovertible, tal vez no haría falta aplicarse a su destrucción. Tenemos aquí un precedente ilustrativo: tras casi cuarenta años de dictadura franquista, pocos fueron los que no estuvieron de acuerdo en la maldad, vulgaridad y esterilidad de ese periodo, y los que no lo estuvieron se convencieron pronto, sinceramente o por conveniencia (evolucionaron o se cambiaron de chaqueta aprisa y corriendo). El adanismo no careció ahí de sentido, aunque no fue tal propiamente, dado que, como tantas veces se ha dicho con razón, la sociedad española había “matado” a Franco en todos los ámbitos bastante antes de que éste muriera en su cama, aplastado no sé si por el manto del Pilar o por el brazo incorrupto de Santa Teresa.
Entre las idioteces mayores de los españoles está el narcisismo, que los lleva a querer darse importancia personal
Lo sorprendente y llamativo –lo idiota– es que ahora se pretenda ­llevar a cabo una operación semejante con la llamada Transición y cuanto ha venido a raíz de ella. Los idiotas de Podemos –con esto no quiero decir que sean idiotas todos los de ese partido, sino que en él abundan idiotas que sostienen lo que a continuación expongo– han dado en denominarlo “régimen” malintencionadamente, puesto que ese término se asoció siempre al franquismo. Es decir, intentan equiparar a éste con el periodo democrático, el de mayores libertades (y prosperidad, todo sumado) de la larguísima y entera historia de España. La gente más crítica y enemiga de la Transición nació acabado el franquismo y no tiene ni idea de lo que es vivir bajo una dictadura. Ha gozado de derechos y libertades desde el primer día, de lo que con anterioridad a este “régimen” estaba prohibido y no existía: de expresión y opinión sin trabas, de partidos políticos y elecciones, de Europa, de un Ejército despolitizado y jueces no títeres, de divorcio y matrimonio gay, de mayoría de edad a los dieciocho y no a los veintiuno (o aún más tarde para las mujeres), de pleno uso de las lenguas catalana, gallega y vasca, de amplia autonomía para cada territorio en vez de un brutal centralismo… Nada de eso es incontrovertiblemente malo, como se empeñan en sostener los idiotas.
Yo diría que, por el contrario, es bueno innegablemente. Que ahora, treinta y muchos años después de la Constitución que dio origen al periodo, haya desastres sin cuento, corrupción exagerada y multitud de injusticias sociales, políticos mediocres cuando no funestos, todo eso no puede ponerse en el debe de la Transición, sino de sus herederos ya lejanos, entre los cuales está esa misma gente que carga contra ella sin pausa. “Es que yo no voté la Constitución”, dicen estos individuos en el colmo del narcisismo, como si algún estadounidense vivo hubiera aprobado la de su país, o algún británico su Parlamento. Es como si los españoles actuales protestaran porque no se les consultó la expulsión de los judíos en 1492, o la de los jesuitas en 1767, o la expedición de Colón a las Indias. Tengo para mí que no hay nada más peligroso que el afán de protagonismo, y el de los españoles de hoy es desmesurado. Ni más idiota, no hace falta insistir en ello.

martes, marzo 03, 2015

Corazón de sacerdote.......















Porque muchos viven según os dije tantas veces, y ahora os lo repito con lágrimas en los ojos, como enemigos de la cruz de Cristo, cuyo final es la perdición, cuyo Dios es el vientre, y cuya gloria está en su vergüenza, que no piensan más que en las cosas de la tierra” (Fil 3: 18-19).
Permitidme que os abra mi corazón y os cuente algunos de los secretos que hay en él.
Para mí, sacerdote de Cristo, los feligreses no son nunca un tanto por ciento o una masa informe a la que hay que atender. Cada uno es una vida, una historia, miles de sufrimientos y problemas, alguien a quien escuchar, encaminar, ayudar, perdonar, dar vida…
Los porcentajes y los cálculos estadísticos son resultados amorfos e impersonales de las Conferencias Episcopales a través de los cuales pretenden ver la salud espiritual de un país. Son meras indicaciones “aparentemente” objetivas y que nos pueden dar una idea de la asistencia al culto, recepción de los sacramentos… y ya es bastante; pero nada más.
Llevo de sacerdote algo más de treinta años. Los últimos diecisiete los he pasado en una zona rural – espiritualmente arrasada- atendiendo varias parroquias pequeñas. En total serán alrededor de cuatro o cinco mil personas. La asistencia semanal a Misa queda reducida a un total de 150 personas (más o menos) entre todas las capillas que atiendo. El número de confesiones semanales se acerca más al cero que al uno; y en cuanto a las comuniones, con un paquete de doscientas formas tengo para cerca de dos meses.
Al cabo del año suelo tener unos veinte entierros, de los cuales han recibido el viático y la unción de los enfermos no más de uno. Casi la totalidad de las personas a las que entierro no las he visto nunca por la iglesia, salvo en algún funeral o en las fiestas patronales. Los familiares del enfermo casi nunca llaman al sacerdote para que vaya a asistirles en los momentos finales de la vida; y en algunas ocasiones hasta he sido echado de las casas o me han prohibido acercarme a ellas. Recuerdo una persona en concreto que vivía enfrente de la Iglesia. Me dijeron que estaba gravemente enfermo de cáncer. En varias ocasiones les ofrecí a los familiares acercarme antes o después de Misa para “saludarle” y siempre me dijeron que ni se me ocurriera; temían de que se asustara al ver a un cura.
En la Misa de funeral que se celebra por su eterno descanso, hay un silencio sepulcral (nunca mejor dicho), nadie responde ni al “Señor esté con vosotros”; sólo se oye el rumor continuo de los hombres que se quedan fumando a la puerta de la Iglesia esperando que todo acabe. Los fieles que asisten a la Misa no saben si quedarse de pie o sentados, ya que la gran mayoría de ellos (unos doscientos) no suelen pisar nunca la iglesia.
Durante diecisiete años les he estado hablando de la necesidad de preparar a los más viejitos para cuando Dios les llame, les he dado catequesis sobre las maravillas del cielo y los horrores del infierno; pero como en la canción de Julio Iglesias: “La vida sigue igual”. Yo sufro grandemente. Sé que mientras le quede el último aliento hay esperanza; pero una vez que se ha expirado la suerte ya está echada. Lo que haya ocurrido entre él y Dios en el último instante no lo sabremos por ahora, sólo se hará público en el juicio final; es por ello que no nos toca a nosotros juzgar, sino rezar y no perder nunca la esperanza. De todos modos, tengo que quitarme de la mente el pensar que esa persona, a la que hoy estoy enterrando, pueda estar ya sufriendo en el infierno para toda la eternidad. Y es que continuamente me acuerdo de palabras que me hacen difícil creer que esa persona se pueda salvar: “Si morimos con Cristo, creemos que también viviremos con él” (Rom 6:8; 2 Tim 2:11). Y también este otro pasaje: “El que no está conmigo está contra mi” (Mt 12:20).
Cuando tengo la suerte de visitar a mis queridos viejitos, bien porque me lo ha dicho algún familiar o porque yo me he acercado al saber que estaban enfermos y me han abierto la puerta, me agarro a ellos como un pulpo y no les pierdo ya de vista. Entonces les preparo, confieso, visito semanal o mensualmente… incluso les llevo comida y ropa si lo necesitan. En una palabra, hacemos el viaje juntos hasta que el Señor les llama. El día que me toca visitar a enfermos es para mí el día más feliz de la semana. Con cada uno me suelo pasar un buen rato, les animo, les cuento chascarrillos, y lo más importante, les confieso, les llevo la Eucaristía y les voy preparando el corazón para su encuentro definitivo. En la Misa de funeral les suelo hablar a los amigos y familiares del difunto de cuánto le quería, de la amistad tan grande que se hizo entre nosotros y de las vivencias que teníamos juntos cuando le anunciaba que pronto se encontraría con Jesús y la Virgen en los cielos. De ese modo intento a animar a otros a hacer lo mismo; pero de momento no se ven resultados.
Otro de mis grandes sufrimientos en las parroquias son los niños. Me llegan con seis o siete años para prepararlos para la Primera Comunión. Durante dos años sé que van a ser mis hijos. Cuando los recibo, prácticamente ninguno sabe hacer la señal de la cruz o rezar el Padrenuestro. Ninguno sabe dónde está Jesús en el templo… y a penas lo reconocen por el nombre.
Van pasando las semanas y veo cómo esos niños se van integrando, aprenden a rezar, a tomar el agua bendita cuando entran en el templo, saludan a Jesús poniéndose de rodillas delante del Sagrario… ¡qué maravilla! ¡Benditos ángeles de Dios! Pero esa alegría yo sé que me va a durar muy poco. Los meses que preceden a la ceremonia de la Primera Comunión preparamos todos los detalles, ensayamos, confesamos, ellos reciben el pan por primera vez para que sepan qué tienen que hace cuando tengan al Señor dentro. Hacen la Primera Comunión. Todos felices. Yo incluso más que ellos. Pero ¡ay de mí! ¡Ahí se acabó todo! De los veinticinco o treinta niños que hicieron la Primera Comunión, la semana siguiente aparecen cuatro o cinco a la Misa, y dos semanas después, ya ninguno. Sé que ya no los volveré a ver, salvo algún día que me cruce con alguno por las calles cuando vaya a visitar a un enfermo; o cuando vuelvan a la Iglesia, ya con veinticinco o treinta años para que les bautice el primer hijo. Y bien digo bautice un hijo, pues eso de casarse “ya no se lleva”.
¡Qué dura es la vida de un sacerdote! ¡Qué dura es la vida! Al final uno tiene que luchar contra el desánimo y el desengaño; aunque yo nunca tiro la toalla, pues sé que cada alma ganada para Cristo es un triunfo para Dios. Por otro lado uno sabe que sus días no pueden acabar de otro modo, clavado en la cruz como su Maestro.
De los pocos consuelos humanos y espirituales que ahora tengo, ustedes son uno de ellos; hombres y mujeres hambrientos de Dios, a los cuales abro mi corazón y mi entendimiento, hinco las rodillas en la capilla y por los que pido continuamente. Ustedes han sido y son para mí, un nuevo apostolado. ¡Que Dios les bendiga!
Padre Lucas Prados

sábado, febrero 28, 2015

Ciudadanía.











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301 
No es verdad que haya oposición entre ser buen católico y servir fielmente a la sociedad civil. Como no tienen por qué chocar la Iglesia y el Estado, en el ejercicio legítimo de su autoridad respectiva, cara a la misión que Dios les ha con fiado.

Mienten —¡así: mienten!— los que afirman lo contrario. Son los mismos que, en aras de una falsa libertad, querrían “amablemente” que los católicos volviéramos a las catacumbas.(S. Josemaría Escrivá)

jueves, febrero 26, 2015

Cuaresma, doble ración.





oración de petición       Cuarto día de examen. Hoy consideramos nuestra relación con Dios, y lo hacemos, según nos indica el propio Señor, llevando los ojos a nuestra oración de petición.
   Pedid y se os dará (…) Si a alguno de vosotros le pide su hijo pan, ¿le va a dar una piedra? Pedir es propio de pobres y de niños. Somos ambas cosas.
   Sin embargo, hay formas y formas de pedir. Algunos quieren comprar los favores a Dios: «Señor, si me concedes esto, rezaré tantas oraciones y ofreceré tales sacrificios». Otros, más que pedir, parecen darle órdenes a Dios: «Señor, dame esto». Si Dios no les concede lo que piden, lo castigan: «No voy a misa porque Dios no me dio lo que le pedí». Otros piden como si tuvieran derecho a recibir: «Señor, concédeme esto, que yo soy de los buenos, de los que rezan»…
   Tú pide, que estás necesitado. Pide mucho. Pero pide como hijo, con confianza y sencillez. Sobre todo, cuando pidas, acepta la voluntad de tu Padre. Y si, en lugar de lo que pides, te concede otra cosa, recuerda que Él te ama y sabe lo que necesitas y lo que es bueno. Así serás hijo de Dios.



La penitencia se aprende en Nínive

penitencia   Nos examinábamos el lunes sobre caridad, ayer sobre oración… Y hoy, completando la tríada cuaresmal, sobre penitencia. ¿Nos hemos arrepentido de verdad de nuestras culpas? ¿Hemos hecho lo posible por reparar?
   Los ninivitas se convirtieron por la predicación de Jonás. Y aquí hay uno que es más que Jonás. Aquellos hombres no contaban con el sacramento del Perdón. Por eso, todo lo fiaron a sus ayunos y penitencias. Dios se conmovió y los perdonó.
   Nosotros nos hemos confesado, hemos recibido la absolución… Y hemos vuelto a pecar, para retomar ese círculo entre vicioso y virtuoso.
   Si los ninivitas lo fiaron todo a sus ayunos –¡No tenían otra cosa!– puede que nosotros lo hayamos fiado todo al sacramento del Perdón. Pero no hemos hecho penitencia, ni hemos ayunado, ni nos han dolido nuestras culpas. ¡Así nos va! Por eso hemos vuelto a los mismos pecados.
   Pedid la verdadera contrición, ese dolor intenso y dulce de amor por haber ofendido a Dios. Y que ese dolor nos lleve a llorar y a reparar, esta Cuaresma, lo que hasta ahora no hemos llorado ni reparado. No dejemos que el Señor se lleve todo el castigo de nuestras culpas. Algo debería tocarnos a nosotros.