domingo, enero 31, 2016

Viaje a la Iglesia de familia norteamericana.



http://opusdei.es/es-es/article/el-viaje-de-la-familia-macdonald-a-la-iglesia-catolica/

Opus Dei - El viaje de la familia MacDonald a la Iglesia católicaLa familia MacDonald.
De pequeño, mi marido había sido bautizado en la Iglesia Católica, pero no recibió ningún otro sacramento. Aunque, ya como familia, frecuentamos algunas iglesias, ni mis hijos ni yo estábamos bautizados.
Sin embargo, nuestra hija pequeña nos ayudó a dar el paso. Desde que tenía pocos años, le resultaba sencillo rezar y acudía habitualmente a la parroquia. Finalmente, pidió ser bautizada. Como insistió mucho, mi marido y yo pensamos que quizá Dios nos estaba llamando a la Iglesia que él había abandonado tantos años atrás.
UNO DE LOS PROFESORES DE CATEQUESIS NOS HABLÓ UN DÍA SOBRE CUÁNTO EL SEÑOR LE HABÍA CAMBIADO SU VIDA ORDINARIA: DESDE QUE PRACTICABA SU FE TODO ERA IGUAL, PERO TODO HABÍA CAMBIADO.
Los seis comenzamos a frecuentar las clases de catecismo. Al inicio, yo era un poco escéptica e incluso contraria, por eso me sorprendió comprobar que, pasado un tiempo, las clases y la misa dominical era algo que toda la familia esperaba con ilusión.
Uno de los profesores de catequesis nos habló un día sobre cuánto el Señor le había cambiado su vida ordinaria: desde que practicaba su fe todo era igual, pero todo era diferente. En su discurso, su devoción por un santo llamado Josemaría Escrivá era evidente. Lo que me llamó la atención es que este sacerdote no sólo reconocía y valoraba las acciones aparentemente mundanas que hacemos cada día, sino que nos enseña a verlas como oportunidades que cada uno tiene para construir la Iglesia.
Como madre de cuatro niños, mis días están siempre muy ocupados, pero también algunas veces siento que no he hecho nada valioso, ni he contribuido de modo eficaz en la sociedad. Por eso, me consuelan las palabras de san Josemaría, que dice " la santidad no es cosa para privilegiados, sino que pueden ser divinos todos los caminos de la tierra, todos los estados, todas las profesiones, todas las tareas honestas. Todos, hombres y mujeres, allí donde estén pueden alcanzar la perfección cristiana".
Por tanto, como madre de cuatro niños, contribuyo con la Iglesia cuidando de mis hijos y sirvendo a mi familia realizando mis tareas lo mejor que puedo. Esta idea me da fuerza y ánimo cada día.
The MacDonald Family, USA
2015

martes, enero 19, 2016

Torreciudad,en el año de la misericordia.

El Santuario de Torreciudad: un hospital diferente

"Aquí en en el Santuario de Torreciudad todo está preparado para curar las enfermedades del corazón".Descúbrelo en este reportaje multimedia que hemos hecho para el Jubileo de la Misericordia→ http://www.reportajes-opusdei.org/torreciudad/

Posted by Oficina de información del Opus Dei on Domingo, 13 de diciembre de 2015

viernes, enero 15, 2016

Puertas giratorias, las de Chaplin.

Posted by Genial on Miércoles, 13 de enero de 2016

jueves, enero 14, 2016

El imperio del mal gusto.


Amando de Miguel     http://www.libertaddigital.com/opinion/amando-de-miguel/el-imperio-del-mal-gusto-77825/




Desde hace más de medio siglo seguimos entusiasmados con la palabra cambio, polisémica donde las haya. Ha conseguido el favor del público y de los partidos. Todo el mundo está a favor del cambio. Sustituye al mito del desarrollo, que se maleó con el desarrollismo. Pero se pueden desarrollar también los tumores, y los cambios pueden ser a peor. Nada parece inmóvil en el universo o en la sociedad. Pretender el cambio por el cambio parece una actitud bastante idiota.
Cualquiera diría que el gran vuelco de la sociedad española actual es que un año se acostó monárquica y al siguiente se levantó republicana. O que, gobernada por la derecha, sin comerlo ni beberlo, de repente pasó a serlo por la izquierda. No, señor. Todas esas transformaciones parecen revolucionarias, pero son solo cosméticas, superficiales. Por debajo de ellas está la sustancia de los valores que se aprecian, el estilo vital que se desea o se imita. Lo mollar en España es un cambio más sutil que afecta a la política, las costumbres, el atuendo, el arte, la televisión, el cine, la literatura, la vida toda. Lo es siempre en la misma dirección, por lo que resulta coherente y asegura su triunfo. En síntesis, nos encontramos ante la apoteosis del mal gusto en todos los campos, en lo ético y lo estético, en lo público y privado, en lo individual y colectivo.
Se impone ahora en España la preponderancia de la chabacanería, el auge de lo soez, la apología de la necedad, el triunfo de la ramplonería. Sobran los ejemplos. Basta asomarse a las páginas de los periódicos, a las pantallas de la tele. Reina el embeleso de la vulgaridad, la invasión de la mezquindad, la glorificación de lo sórdido, la exaltación de lo estúpido, el aplauso de la simpleza. Se acepta como valioso o encomiable la admiración por el estilo macarra en la forma de hablar, vestirse, peinarse y adornarse. Se admite la superioridad del tatuaje o del pirsin, la irrupción de la ropa deportiva en todas las ocasiones. La forma de escritura más propia de nuestra época es el garabato de los grafitis.
Asistimos al auge de los nuevos hombres públicos (y mujeres, con perdón), salidos de la mediocridad, disfrazados de mendigos ricos, queviven a cuerpo de rey a costa de los contribuyentes. Son la auténtica casta.
La degradación de las formas de vida es más visible en los colectivos de izquierda o de los separatistas. No son solo rasgos de los seguidores de esos movimientos sino de sus cabecillas. Han perdido la gracia de saber estar, si es que alguna vez la tuvieron.
Nos encontramos ante una alteración polar de valores. La ociosidad prima sobre el trabajo, la desfachatez sobre la mesura, el despilfarro sobre la austeridad (especialmente con el dinero público), la desgana sobre el esfuerzo (excepto en el deporte). Se premia la insolencia, se aplaude la intolerancia, se presume de vagancia y de extravagancia. Los partidos políticos y colectivos anexos que expresan los nuevos valores son los que suben elección tras elección. Nos gobernarán. Ya lo hacen en algunas grandes ciudades.