sábado, junio 09, 2018

Conversión.




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La curación de su padre propició la canonización de San Josemaría Escrivá

Era un médico ateo, vio un «milagro» auténtico pero no creyó: se convirtió de una manera inesperada

Era un médico ateo, vio un «milagro» auténtico pero no creyó: se convirtió de una manera inesperada
Manuel tuvo un proceso de conversión largo, hasta que se enamoró a Dios de una forma que nunca habría imaginado


8 junio 2018

Manuel, médico de profesión, es hijo de Manuel Nevado, el también doctor que enfermo de un carcinoma fue curado por intercesión de San Josemaría Escriva de Balaguer. De hecho, este milagro fue el que propició la canonización del entonces beato fundador del Opus Dei.

Sin embargo, Manuel (hijo) no sólo no es que no creyese en los milagros pese a que había visto la curación de su padre, sino que era un ateo militante que incluso negó la invitación que le hizo su padre para que acudieran a Roma a la canonización de San Josemaría.

Testigo de un milagro, pero no se convirtió entonces
En la sección Regreso a Ítaca, que publica la web del Opus DeiManuel explica cómo años después se convirtió. No hizo falta ningún milagro, pues no había creído en el pasado pese a haber sido testigo, sino que fue llevando a misa a su padre enfermo cómo Dios fue penetrando en su corazón, hasta que tumbó su ateísmo militante.



Manuel recuerda el día en que su padre reunió a él y a sus hermanos para invitarles a la canonización. Sin embargo, no podía creer que el carcinoma de su padre fuera el milagro que aprobaría la Santa Sede.

La curación de su padre
Años antes, en plena enfermedad, nunca había prestado demasiado atención a su padre ni a su curación. “Yo conocía bien las manos de mi padre, daban pena. Tenía unas manchas negras, algunas muy adheridas a la piel, con una pinta muy fea. Él estaba preocupado porque le molestaban muchísimo y había perdido movilidad y sensibilidad”.

Entonces, alguien les dio a sus padres una estampa de Josemaría Escrivá. Sus padres rezaron y el milagro se produjo.

A la vuelta de un congreso en Viena su padre le enseñó las manos. Manuel cuenta que “habían cambiado de aspecto radicalmente: se reconocía donde habían estado las manchas pero ya no había piel negra, ni dura, ni adherida”.

Su negativa a creer
A partir de entonces, se empezó a estudiar el caso de su padre a fondo hasta que se reconoció oficialmente. Pero para su hijo una cosa estaba clara: no era un milagro.

Llegó entonces la fecha de la canonización. “Cuando mi padre insistió un poco más (en que asistiera), yo me cabree a lo bestia. De portazo. Él me pidió que al menos dejara que fueran los niños y mi mujer, pero le dije que no estaba nada de acuerdo con que fueran y no insistió más. Fue a Roma toda la familia, mis tres hermanos con sus familias. Todos menos yo”.


El padre de Manuel se curó gracias a la intercesión de San Josemaría

Ateo militante
Ir a Roma era traicionar su ateísmo, que empezó a forjarse desde la adolescencia. Primero fue dejar de escuchar en misa, luego no asistir hasta que rechazó a Dios. Cuenta Manuel que “como era médico y me creía científico, leía de todo y me influyó mucho el positivismo”.

La ciencia se había convertido para él en la herramienta que salvaría la humanidad, y por ese motivo Dios no era necesario. “No es que fuera mala persona, simplemente me creía que se podía construir un mundo maravilloso, sin Dios: sin guerras, donde la gente fuera solidaria… Pensaba que la Iglesia era perniciosa y, también, que era imposible conciliar la fe y la ciencia”, confiesa.

Pero además, pretendía contagiar este ateísmo. Gracias a Internet, recuerda Manuel, se convirtió en militante: “me dedicaba a intervenir en foros de religión –que eran como la versión primitiva de Facebook- por entretenerme. Tenía una gran afición a escribir cosas contra Dios y contra la Iglesia y tenía bastantes seguidores, gente a la que le parecía muy bien lo que yo decía”.

A misa, pero no para creer
En 2004, dos años después de la canonización, al padre de Manuel le diagnosticaron una enfermedad grave de la sangre, Mielodisplasia. Cada semana empezó a recibir un tratamiento en el hospital en él trabajaba. Sus padres viajaban cada domingo desde Badajoz y se quedaban en su casa hasta el día siguiente.

Como siempre habían hecho, sus padres iban a misa. “Al principio iban ellos solos pero empezó a preocuparnos que se pusieran malos o que les pasara algo, porque además mi madre estaba prácticamente ciega”.

Fue así como Manuel y su esposa empezaron a acompañar a misa a sus padres. Y aunque podían esperar fuera, decidieron entrar en la iglesia. Después de varios meses haciendo esto, Manuel empezó también a escuchar al sacerdote. “Este tío tiene buen método, porque primero lee el Evangelio y luego lo explica”, pensaba él.



"Salía como consolado"
Otro domingo empezó a pensar que lo que se decía en misa era interesante y que se podía aplicar a la vida. Lo empezó a ver como consejos. Además, notó algo muy extraño: “No sabía por qué pero solía entrar en Misa angustiado por mi padre y salía como consolado, una cosa un poco rara”.

Pasado un tiempo  llegó a la conclusión de que “era tonto por seguir ahí sentado sin hacer nada”. Y decidió que quería volver a ser cristiano, poder comulgar, confesarse…  Habían pasado 4 años desde que empezó a ir  a misa con sus padres.

Tocaba comunicárselo a su mujer. Manuel recuerda que “llevábamos año yendo a misa juntos pero nunca habíamos hablado del tema. A mí me daba vergüenza pero resultó que ella pensaba exactamente lo mismo y no sabía cómo decírmelo”.

"Conviértete y cree en el Evangelio"
Una vez tomada esta decisión, buscaron juntos un sacerdote con el que confesar. Les puso como penitencia ir a misa y comulgar al día siguiente, que era Miércoles de Ceniza. Al cumplirla, Manuel afirma haber sentido un cosquilleo en la nunca cuando oyó después de tantos años: “conviértete y cree en el Evangelio”.

“Puedo recordar perfectamente cuando era ateo, porque ha sido hace nada. Ahora tengo un consuelo perpetuo, algo a lo que recurrir todos los días. Se vive de otra forma, pero no es fácil de expresar. Si alguien me pidiera que valorara la diferencia de mi vida de antes y la de ahora del 1 al 10, le pondría un 1.000, pero no puedo explicar exactamente en qué. Más bien en todo”.

jueves, junio 07, 2018

Dinero público ??????????? Calvo Poyato.




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Todo comienza en página 2.








“¿Por qué no hay primera página en ninguno de los tratados del Talmud babilónico? ¿Por qué cada uno empieza por la segunda?”. Rabí Leví Itzajac repuso: “Por mucho que un hombre pueda aprender, siempre debe recordar que no ha llegado siquiera a la primera página”. […] Pero en realidad no sólo las letras en negro, sino también los espacios en blanco que las separan, son símbolos de la enseñanza, con la salvedad de que no somos capaces de leer esos espacios. En tiempos venideros, Dios revelará lo que la blancura de la Torá oculta”.

lunes, junio 04, 2018

Corpus en el Hinmalaya.



Javier Cremades  : Me acaba de llegar esta foto desde el Himalaya. El Corpus se celebra en los 5 Continentes. En todas las latitudes se adora a Dios...
Me emociona esta foto, y me empuja a hacer más Comuniones espirituales y a dar a conocer a todo el mundo lo súperbueno que es Jesús...






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domingo, junio 03, 2018

Cuerpo, sangre, alma y divinidad de Cristo.


Veneremos, pues, inclinados
tan grande Sacramento;

y la antigua figura ceda el puesto

al nuevo rito;

la fe supla

la incapacidad de los sentidos.

Al Padre y al Hijo

sean dadas alabanza y júbilo,

salud, honor, poder y bendición;

una gloria igual sea dada

al que del uno y del otro procede.

Amén.






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viernes, junio 01, 2018

Gobierno monstruito.












“Ha vuelto Sánchez. No como fusible de una crisis, ni como presidente accidental, sino con las ambiciones de quedarse. Asustan las concesiones que requiere semejante programa. Estremece la esclerosis política que se avecina. Y conviene evocar el desenlace de Frankenstein como escarmiento de los hombres que desafían a los dioses” (Rubén Amón, EP, 31.V.2018).

jueves, mayo 31, 2018

Madre mía, perdóname.




No he estado muy fino contigo este mes de mayo.Mejoraré.



MARÍA hoy concluye el mes dedicado a honrarte. Gracias por tu compañía. Gracias por tu amor, tu calor y tu cercanía de MADRE !!!



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domingo, mayo 27, 2018

Hombre de Cromagnon ????????










Estuvimos por el valle de Pineta. Grandioso. Le preguntamos a una excursionista local si se habían descubierto restos del hombre de cromagnon. Nos contestó muy segura y amable: aquí los que estuvieron trabajando el año pasado fueron los hombres de agroman. Genial.

miércoles, mayo 23, 2018

Horcajo, el párroco de los pobres.



http://opusdei.org/es-es/article/labor-pastoral-social-madrid-sacerdote-sociedad-sacerdotal-santa-cruz/

«El Señor me ha casado con los pobres, y estoy encantado»

José Manuel Horcajo lleva nueve años al frente de la parroquia de san Ramón Nonato, un hospital de campaña en Puente de Vallecas (Madrid) abierto todo el día donde los vecinos se encuentran con Dios mientras salen, con ayuda, de la miseria. Es la obra social familiar Álvaro del Portillo. Hombres y mujeres destrozados por el hambre, el maltrato, las drogas, el alcohol y unos hogares en guerra civil, han muerto y han resucitado aquí. No es una manera de decir.
TESTIMONIOS
Opus Dei - «El Señor me ha casado con los pobres, y estoy encantado»Don José Manuel acoge la visita del cardenal de Madrid, Mons. Carlos Osoro, a la parroquia y a la obra social beato Álvaro del Portillo. Fotos: @FJBerguizas
“Puente de Vallecas. Es primavera, pero aquí la nube de la pobreza, de las vidas tristes, del hambre, del maltrato y de las familias amargamente descuajeringadas está siempre ennegreciendo el ambiente.
José Manuel Horcajo es el párroco de san Ramón Nonato desde hace 9 años. Misa. Oraciones. Bodas, bautizos y comuniones. Y mucho más, porque este templo, que parece una fábrica, es, en realidad, un parque de atracciones de esperanzas con su obra social familiar Álvaro del Portillo.
La parroquia de san Ramón es un cielo abierto de posibilidades. Aquí se habla de Dios y se facilitan panes bajo el brazo de personas que habían tirado la toalla y encuentran segundas, terceras y cuartas oportunidades para volver a la casilla de salida y cimentar de nuevo sus futuros sin vender sus almas al diablo de la desesperanza.
Estamos en un barrio bajo un puente. Gente sin preparación y con muchas dificultades para formarse suficientemente y encontrar un hueco más allá de la pobreza. Familias dinamitadas por el alcohol, la droga, el odio, los llantos perpetuos y esa nube gris oscura casi negra que ha decidido asentar aquí sus malos augurios y sus injustas consecuencias.

Sacramentos y tápers
Cuando José Manuel Horcajo se ordenó sacerdote en 2001 nunca pensó que este sería su ministerio, a medio camino entre bautizar y ofrecer un táper de lentejas. Entre evangelizar y montar de la nada un comedor social por el que hoy circulan 300 personas todos los días.
¿Cómo duerme usted en paz con tantos problemas ajenos sobre sus carnes? “Eso mismo me pregunta mi madre. ¿Cómo aguantas, hijo? Pues aguanto con alegría. Soy un observador de milagros constantes: personas que cambian, personas que vuelven a sonreír, personas que entierran sus depresiones. Dios arregla muchos problemas”. Entre tripas que suenan, corazones maltratados, mujeres lapidadas en sus casas y agobios imposibles desde principios de mes, Horcajo va arreglando el barrio y va construyendo su sacerdocio, con la ayuda de muchos voluntarios generosos que nacieron para no mirar el reloj ni pedir nada a cambio.
Hace nueve años, cuando José Manuel llegó a este templo del lado oscuro de Madrid, decidió abrir la parroquia durante todo el día. Los vecinos entraban, rezaban, pedían catequesis, un bautismo, muchas confesiones, “y nos dimos cuenta de que había tanta pobreza a nuestro alrededor que teníamos que dar una respuesta, más allá de ofrecer una bolsa de comida de vez en cuando”.
Un ropero. Un comedor social. Un centro de orientación familiar, “porque veíamos que, para muchos, el detonante de sus miserias materiales eran problemas familiares muy gordos”. Objetivo: que las personas que se benefician de la obra social de la parroquia se sientan queridas y ayudadas. Y la fama de estos samaritanos urbanos del siglo XXI se fue corriendo de boca en boca. Efecto llamada. Oye, que es que en esta parroquia no sólo te dan comida, o te enseñan a rellenar un informe. ¡Que aquí te ayudan de verdad!
Yo he estado una tarde de primavera en este jardín. En la parroquia, personas que rezan y salitas llenas de grupos de personas en acción. En el edificio de enfrente, un comedor que prepara la cena, una biblioteca con 20 niños en clases de apoyo, y una charla para familias de discapacitados llena hasta la bandera cuando salgo, ya de noche, camino al Madrid que ahora me parece Matrix.
Raciones de alivio
En estos nueve años largos, pero épicos, José Manuel ha visto con los mismos ojos estómagos y almas. Aquí la crisis se nota en tres dimensiones. Mucho arroz, mucho atún y mucho nada más. Con la obra social de la parroquia, ahora las historias pobres conviven con el alivio.
Una mujer llora depresiva en su casa porque su vida no tiene consuelo. La montaña rusa de sus afectos le está pasando factura. El párroco, que tiene también servicio de atención domiciliaria, le ha visto y le ha tendido su mano. ¿Por qué no te vienes a cocinar al comedor social? ¡Necesitamos tu ayuda! Dudosa, acude a la llamada. Cocina. Y cocina bien. Después del servicio le dan las gracias y le aplauden sus dotes culinarias. Llora la señora de alegría “por sentirme útil”. Así sale una mujer de Puente de Vallecas de una depresión. Sin psiquiatras. Arropada por vecinos que no miran para otro lado.
Aquí, los curas son sacerdotes con el corazón rojo como la sangre que no se cansan de bombear pan, palabra e ilusión. Lo dice José Manuel haciendo balance: “Quizás suena a frase poética, pero yo me la creo de verdad: el Señor me ha casado con los pobres, y estoy encantado. Es algo que nunca jamás me podía imaginar”.

Los feligreses de este sagrado corazón de ladrillo visto están a gusto. Muchos han encontrado a Dios entre las bolsas de basura. Algunos han recuperado su dignidad. Otros, están en ello. Todos ven una luz potente al final del túnel.
Pero, claro, este emporio social tiene un precio. Muchas personas que no han encontrado una respuesta en los servicios sociales vienen aquí. A poner el cazo. Alquileres, luz, agua, comida. La solidaridad es gratis, pero las cosas cuestan. En concreto, cada mes de acción social le sale a Horcajo por 5.000 euros. Los donativos del principio van menguando y la nevera no se repone del todo. A estas alturas de la aventura, el párroco va cubriendo el 60 por ciento de la factura y él también necesita cheques sencillos para seguir remando en un mar de números rojos cada vez más acuciantes y donde nos es posible que se abran las aguas para huir hacia delante.
Al César, lo que es del César. Las deudas están ahí. Los beneficios, están claros. Todos los que pisan esta parroquia se llevan algo, aunque sea un premio de consolación. El propio Horcajo admira “que Dios me haya aumentado la paciencia, porque para servir a los demás hace falta una buena dosis de paciencia. Uno que te cuenta una cosa diez veces, otro al que debes explicarle un procedimiento en seis ocasiones. Una que se enfada y se va, pero vuelve. Otro que discute y monta un pollo, pero luego regresa, aunque sea sin pedir perdón”.
Paciencia y cintura.
Una mañana, Horcajo se toma un café en terraza. Habla con dos neocatecumenales sobre el arranque del Camino en su parroquia. Varias mesas más allá, tres punkis están de fin de fiesta, entre cigarros marchitos, latas vacías y mugre. Uno de ellos se sube a la cresta:
—¡Curaaaaaa, invítanos a cerveza!
José Manuel se levanta. Le tiemblan un poco las piernas, admite, porque a ver por dónde le sale el arrojo.
—¿Cómo que te invite a una cerveza? ¡Invítame tú, que yo tengo que dar de comer ahora a 200 personas del barrio! ¡A ver si me ayudas un poco!
—¡Anda, cura, estás mintiendo! ¡La iglesia miente! ¡No está con los pobres!
La chica punki del trío le pone firme a su colega:
—¡Calla! ¡Que es verdad que este cura da de comer a los pobres, que me vecina va allí a ese comedor social!
—¡Pues que nos inviten a una cerveza sus amigos, que deben ser del Opus!
Responde Horcajo: El del Opus soy yo.
Risa. Saludos. Y a seguir.
Este es el entorno. Un sacerdote del Opus Dei en un barrio para el que lo de menos es que sea del Opus Dei, porque los prejuicios no dan de comer. Al final, resume el párroco, “cuando tú te ordenas sacerdotes piensas, en teoría, que lo tuyo es dar la vida por todos y entregarte a favor de las personas que Dios te pone cerca. La gente que te rodea es la que marca tu estilo de sacerdote”.

Un muelle social para todos
El cura de barrio abre su parroquia al alba y la cierra casi después de que eche el pestillo el último bar. En medio, voces que piden auxilio. Pase, vamos a buscar su hueco, vamos a estudiar su caso, vamos a intentar no hacerle esperar. Un plato lleno. Un trabajo. Un techo. Aquí, el que llama encuentra un lugar donde agarrarse.
Más que en dar, Horcajo y su gente comprenden. No juzgan a la madre soltera, al drogadicto-colador, al alcohólico sin fronteras, a la prostituta barata, al mendigo-don-Simón. Esa es la taquilla de este parque de atracciones especialista en vidas-noria, historias-rusas, biografías-látigo, y muchos autos de choque que siempre se la pegan con los mismos.
En esta parroquia caben todos y no sobra nada. Pero faltan recursos para seguir azuzando el cotarro.
En esta parroquia, que yo lo he visto escuchando a Calista, a Elita, a Ángel y a José Manuel, la resurrección es un dogma de fe que se palpa con los ojos como platos. Porque ellos, y muchos otros, habían muerto después de tocar fondo, y han despertado del coma con el suero del cariño y la cirugía de una parroquia de campaña.