Estás en un blog espumoso, intimista, paradójico; de lo humano y de lo divino. No soy mejor que tú...
Me propongo hablar a la cara y que me hables a la cara, sin caretas, sin retorno, a quemarropa... blog del Profesor Tirapu
21 de noviembre: ordenación de 27 diáconos en Roma
Mons. Georg Gänswein conferirá la ordenación diaconal a 27 fieles del Opus Dei. La ceremonia se celebrará el sábado 21 de noviembre. A causa de la pandemia, tendrá lugar en la iglesia del seminario internacional de la Prelatura en Roma, con la única participación de las personas que residen allí.
Mons. Georg Gänswein, prefecto de la Casa Pontificia, conferirá el diaconado a 27 fieles laicos del Opus Dei que proceden de Alemania, Rumanía, Brasil, Canadá, Inglaterra, Costa de Marfil, Eslovaquia, España, Japón, Kenia, México, Lituania, Nigeria y Perú.
La ceremonia se celebrará a las 16:30 h. en la iglesia de Nuestra Señora de los Ángeles, situada en el Colegio Romano de la Santa Cruz, seminario internacional de la Prelatura del Opus Dei, en Roma. A causa de las medidas necesarias para contener la pandemia del coronavirus, asistirán a la ordenación únicamente las personas que residen en esa sede.
Teniendo en cuenta las circunstancias del momento, y la necesidad de realizar la ordenación a puerta cerrada, se ha previsto que los familiares y amigos de los ordenandos puedan seguir la ceremonia en directo por streamingdesde este enlace.
Esta es la lista de los ordenandos: - Francisco Javier Alfaro Gutiérrez - Mariano Almela Martínez - Pablo Álvarez Doreste - Juan Manuel Arbulú Saavedra - Francisco Javier Barrera Bernal - Alexsandro Bona - Branislav Borovský - Gaspar Ignacio Brahm Mir - Kevin de Souza - Borja Díaz de Bustamante de Ussia - Juan Diego Esquivias Padilla - Rafael Gil-Nogués - André Guerreiro - Alejandro Gutiérrez de Cabiedes Hidalgo de Caviedes - Casimir Kouassi N'gouan - Fernando López-Rivera Muñoz - Josemaría Mayora Padilla - José Ignacio Mir Montes - Jaime Moya Martín - Juan Prieto Álvarez - Héctor Razo Tena - Vytautas Jonas Saladis - Fadi Sarraf Chalhoub - Fumiaki Shinozaki - Marc Teixidor Viayna - Álvaro Tintoré Espuny - Bruno Ugwuali Obilor
La ministro de Educación está pensando la octava ley en 40 años, para la enseñanza. ¿Cuándo nos converemos todos que la enseñanza concertada viene a costar la mitad que la enseñanza pública? Una enseñanza que no tiene de pública nada más que estar gestionada por los funcionarios de alguna Administración. En Sevilla hay dos centros sanitarios: el Hospital Virgen del Rocío (público) y el de San Juan de Dios, que es empresa privada al cien por cien pero que funciona como servicio público igualmente al cien por cien. Las encuestas que hacen a los ingresados, muestran que los del San Juan de Dios quedan más satisfechos que los del Virgen del Rocío. Y las cuentas enseñan que los del San Juan cuestan la mitad. Suena a aberrante, pero la calidad y las cuentas muestran que lo público es antisocial. Ruego me disculpen lo elemental de estas líneas. Tenía que desahogarme.
Suele decirse que nuestra sociedad es cada vez más descreída. No me lo parece. Lo que pasa es que tiene otras creencias no religiosas, que a veces desafían las convicciones racionales. Un ejemplo notable son las leyes de autodeterminación de identidad de género para personas trans. También en España el Ministerio de Igualdad acaba de abrir una consulta pública para elaborar una ley de este corte.
Según sus postulados, una mera declaración del interesado bastaría para borrar su realidad biológica de ser hombre o mujer, y abriría la puerta a cambiar su identidad sexual. Lo importante no sería el sexo biológico, sino la convicción sentida por el sujeto de pertenecer a un determinado género.
Las personas trans dicen sentirse atrapadas en un cuerpo que no correspondería al género que reclaman. Se comprende que esto puede generar un malestar o incluso un sufrimiento, trastorno catalogado por la psiquiatría como disforia de género. Pero lo que pretende el nuevo proyecto de ley es “despatologizar” las identidades trans. Para la modificación del sexo registral, la ley vigente exige acreditar disforia de género por informe médico o psicológico clínico, así como someterse a tratamiento médico durante al menos dos años para acomodar las características físicas al sexo pretendido. Todo esto desaparecería con la nueva ley, según la cual la mera autodeclaración bastaría para que donde había un hombre apareciera una mujer, y viceversa. Este “negacionismo biológico” tendría campo libre en la identidad sexual. Pero es aventurado creer que un desajuste tan íntimo pueda desaparecer con un simple cambio formal en el Registro Civil.
Cuando se habla de corregir el “sexo asignado al nacimiento” la expresión suena como si hubiera sido una determinación arbitraria, debida a unos padres autoritarios, a un médico incompetente, a un funcionario despistado, y no a la mera constatación de la realidad biológica.
Pero si ya la realidad biológica no cuenta y debe ceder el paso a lo que uno siente, debería ser posible corregir otras categorías “asignadas al nacimiento”. Entre ellas la edad, esa realidad biológica que nos persigue en el DNI. Un joven de 14 años puede sentirse maduro para dejar la escuela y ponerse a trabajar sin esperar a los 16, o sentirse capacitado para votar antes de los 18, o expresar su consentimiento sexual aunque no tenga 16. No pocos jóvenes se sienten atrapados en ese corsé legal impuesto, y verían con gusto la posibilidad de cambiar su edad legal para que correspondiera a la identidad sentida. Pero en estos y en otros campos se ha ido elevando la edad mínima exigida, por considerar que esa actividad requiere más madurez y discernimiento.
En cambio, las leyes trans siempre van en la línea de rebajar la edad para someterse a tratamientos hormonales y operaciones quirúrgicas de cambio de sexo, incluso sin necesidad de tener el permiso de los padres. Parece que en este caso, aunque los cambios sean irreversibles, la madurez del interesado se le supone, mientras demuestre su determinación. Sin embargo, en el Reino Unido, que se había planteado un cambio como el que ahora propone el Ministerio de Igualdad, el gobierno de Boris Johnson ha abandonado la idea precisamente para proteger a los menores.
Puestos a rectificar datos biológicos del DNI, se podría también cambiar o suprimir los nombres de los padres, esa asignación que nos acompaña desde el nacimiento. La realidad es que hay jóvenes y adultos que, con razón o sin ella, están profundamente enfrentados con sus padres y preferirían que no se les relacionara para nada con ellos. ¿Por qué han de ser mencionados como si fueran un elemento invariable de su identidad? Es verdad que un test de paternidad revelaría los lazos de parentesco. Pero también un análisis genético de una mujer trans mostraría que todas las células de su cuerpo son cromosómicamente masculinas, y sin embargo este dato biológico se considera irrelevante.
La propuesta de ley para personas trans quiere eliminar cualquier requisito médico, psicológico y de plazos que puedan interponerse en el cumplimiento del deseo del interesado. Pero si lo importante es lo que uno siente, el criterio debería servir también para otros trans, ya no sexuales sino transnacionales. Ese menor marroquí no acompañado que llega a España en patera podría asegurar –y puede ser verdad– que él se siente español, es fan del Real Madrid, ve la televisión española y hasta se maneja en castellano. Pero se siente atrapado en su nacionalidad marroquí, así que desea cambiarla por la española de inmediato. Esos requisitos de permiso de residencia, años de estancia, arraigo y conocimiento de la cultura del país no serían más que muestras de xenofobia que habría que suprimir. Sin embargo, lo que sirve para la identidad sexual no sirve para la identidad nacional.
Aunque la propuesta de ley trans se presente como un medio para “la igualdad plena y efectiva” de estas personas, en realidad lo que supone es que se las trate de un modo desigual. En cualquier otro campo jurídico uno tiene que aportar pruebas y razones que avalan sus pretensiones. No basta que uno se “sienta” propietario, hay que aportar un título de propiedad. Pero si se trata de la identidad sexual, basta una declaración performativa, es decir, que produce el efecto por el mero hecho de ser enunciada. Todo un cambio de paradigma jurídico bajo una ley en apariencia menor.
Tras terminar la carrera de Medicina, D. Luis de Moya, inició el camino hacia su vocación, el sacerdocio. Capellán de la escuela de arquitectura de la Universidad de Navarra, en 1991 tuvo un accidente de tráfico que lo dejó tetrapléjico.
Reconoce que en aquel momento, «en el cual sólo se puede mirar todo aquello que vas a perder», él vio que no iba a perder nada de lo fundamental en su vida: «Estoy vivo, soy sacerdote y mi punto de referencia es Dios. Y Él está ahí». «Tenía la oportunidad de dar lo genuino que Dios había puesto en mí. Como sacerdote, no había perdido mi oportunidad de hablar de Dios». Le encantaba confesar en el Oratorio de la Clínica Universitaria.
Hoy nos ha dejado un gran testigo del dolor que vivió con alegría su enfermedad.
Os dejamos este vídeo producido por HMTelevisión en 2005 para que le conozcáis un poco más. Un testimonio impresionante
El día 5 de noviembre de 2020 se ha publicado, en el diario El Mundo, un artículo de Rafael Navarro-Valls en el que el autor opina que la situación Trump/Biden se asemeja mucho a la del 2000 en Florida.
PANORAMA INCIERTO
Permítanme abrir estas líneas con una anécdota que divirtió por entonces a mis colegas pero que a mí todavía me llena de confusión. El escenario es Florida, madrugada del 8 de noviembre de 2000. Esa noche, las elecciones presidenciales de EEUU se alargaban por lo ajustado del resultado. Había seguido desde Madrid hasta altas horas el recuento y preveía que iba para largo. Decidí dormir algo. Como me había comprometido a enviar un artículo a este periódico analizando el perfil del ganador final, decidí tranquilizar mi conciencia y, al tiempo, aplacar mi cansancio. Envié no uno, sino dos artículos: uno por si ganaba Bush jr.; otro por si el vencedor era Al Gore.
Dormía plácidamente. Comenzó a sonar el timbre. Levanté el teléfono. Con algo de guasa, el jefe de Opinión de entonces me dijo: “Rafael, me temo que debes comerte los dos artículos. Un recurso en Florida ha paralizado las elecciones. Nadie ha ganado”. Efectivamente, hubo que esperar hasta el 13 de diciembre para saber el ganador.
La situación vuelve de nuevo como un déjà vu ominoso. Cuando este artículo ha de ser enviado no hay ganador. Solo me queda comerme de nuevo el borrador de dos artículos y describir la inestable situación. Veamos el panorama según la victoria sea para Sleepy Joe (Soñoliento Joe Biden) o para el volcánico presidente.
Si se impone Trump, será una victoria milagrosa. Tanto que probablemente ganará tres mandatos en vez de dos. No es una broma. Fuentes bien informadas confirman algo que comienza a ser público: desde hace dos años Trump ha comenzado a formar a su hija Ivanka para la presidencia. Convencido de que, tanto si ahora gana o pierde Biden, en 2024 muy probablemente la candidata demócrata será Kamala Harris, el rubio presidente sueña en un combate a largo plazo entre dos mujeres, con 400 millones de estadounidenses asomados sobre el ring. El milagro de Trump ahora sería triunfar debiendo luchar contra todo y contra todos.
Parte de los enemigos se deben a su propio carácter endemoniado. Baste un ejemplo. En sus cuatro años en la Casa Blanca, ha dejado un reguero de cadáveres tras de sí. Según el Brookings Institute, Trump ha reemplazado al 90% de sus colaboradores más cercanos. Entraron confiados en el Ala Oeste y salieron cadáveres. Lo malo es que bastantes de esos cadáveres han resucitado en las librerías con unos textos tremendos. John Bolton, ex asesor de Seguridad Nacional, al que Trump calificó como “una de las personas más estúpidas de su Gobierno”, en su libro The Room Where It Happened (La habitación donde sucedió) describe a un presidente fascinado por los autócratas, pésimamente aconsejado y dispuesto a ser reelegido por encima de todo, incluso de la seguridad de Estados Unidos.
James Comey, ex director del FBI despedido por Trump y al que éste llamó “depravado”, en su libro A Higher Loyalty (Una lealtad superior) compara al presidente con “un mafioso que valora más la lealtad personal que el servicio a la patria”. Por no hablar de los dos libros del periodista Woodward -Rage (Rabia) y Miedo- que recogen graves ataques de colaboradores cercanos contra el presidente. Desde luego, en esos libros y en otros, late el deseo de venganza, pero han llenado las librerías de mensajes de odio, que le han mermado credibilidad y votos.
Si gana Biden, debe resolver un problema: ¿tiene la fuerza necesaria para empujar cuesta arriba, centímetro a centímetro, la enorme piedra de la presidencia? Si podrá asumir el imponente desafío al que se enfrenta al contemplar su país y el mundo desde su observatorio de la Casa Blanca. Norteamérica está realmente ansiosa por recibir desde el Despacho Oval una bocanada de aire fresco. ¿Podrá hacerlo?
Es verdad que Biden durante la campaña -prescindiendo de las acusaciones de Trump acerca de una supuesta “demencia senil”- ha mostrado que la edad le viene pesando y que no consigue articular adecuadamente sus ideas; la fatiga ha aparecido intermitentemente en sus intervenciones. Por contraste, su vicepresidenta es joven, fuerte y ambiciosa. De ahí la sospecha de que, en realidad, la que podría llevar el día a día de la presidencia será Kamala Harris, reservándose Biden los actos más o menos representativos y ostentosos. En una palabra, que la presidenta real podría ser la asiática/californiana Kamala.
Biden, no obstante su estado, ha hecho méritos para ganar. Destaca el factor dinero. En una campaña electoral no tener mensaje claro es un problema, pero aún lo es más no tener dinero. En la campaña de Kennedy se repetía machaconamente en el equipo: “Tres son las cosas necesarias para vencer. La primera es el dinero, la segunda es el dinero, la tercera es el dinero”. Según la Comisión Federal de Elecciones, Biden ha captado 937 millones de dólares directamente de individuos mientras que Trump ha logrado sumar 595 millones. A su vez, según revela un análisis de Wired, los empleados de Alphabet, Amazon, Apple, Facebook, Microsoft y Oracle han aportado casi 20 veces más dinero a Biden que a Trump desde principios de 2019. Unos cinco millones para el demócrata y solamente 250.000 para el republicano
Biden ha aparecido en la vida pública iluminado por el fulgor de personalidades que han mejorado su visión por el votante medio. Aquí también Biden ha podido con Trump. Han apostado por el demócrata desde George Clooney y Ricky Martin hasta Meghan Markle y el príncipe Harry, pasando por Brad Pitt, Jennifer Aniston o Jane Fonda. Por Trump, solamente Clint Eastwood, Jon Voight y Stephen Baldwin. El apoyo masivo de Hollywood a Biden era de esperar. Lo que resulta menos normal es que un bloque de 81 premios Nobel se decantaran por Biden o que la prestigiosa revista científica Scientific American, por primera vez en su larga historia dos veces centenaria, también se declarara partidaria del demócrata.
Prescindiendo de futuribles, lo cierto es que en estas elecciones las encuestas han fallado. Esto no es una excepción. Otros eventos electorales las han hecho perder confiabilidad. Por ejemplo, el año 2016 fue un año negro para las encuestas. Trump derrotó a Hillary contra todo pronóstico. En el Reino Unido, los sondeos del día antes de la votación del Brexit daban un cómodo 55% a favor de la permanencia en Europa (sumando las de las agencias ORT International, Populous y Com Re). El resultado fue el triunfo de la salida de la Unión Europea por el 52% frente al 48%. El propio 2016, en Colombia ganó el no en el referéndum acerca del Acuerdo de Paz, mientras que las encuestas señalaban un 66% a favor de la aprobación.
No soy un experto en encuestas, pero los técnicos en Sociología analítica suelen apuntar explicaciones plausibles. Así, la teoría de la espiral del silencio, propuesta en los años 70 por la politóloga alemana Elizabeth Noelle-Neumann, sostiene que bastantes veces el encuestado oculta sus preferencias, sobre todo los que pertenecen a contracorrientes culturales antisistema. Por otra parte, las formas de comunicación política han cambiado, predominando hoy factores emocionales que pueden llevar a cambios repentinos en la opción de los votantes.
Y Joe Klein, columnista del Time, observa que el marketing ha sido uno de los factores más dañinos en la pérdida de importancia de la vida pública. Los ubicuos expertos en encuestas y asesores publicitarios que dominaron la política de finales del siglo XX: eran tan pragmáticos como anodinos. Le preguntaban a la gente lo que quería. Las respuestas siempre eran predecibles. Y, así, los propios políticos fueron volviéndose pragmáticos y anodinos. Se convirtieron en seguidores serviles y ansiosos, que corrían desesperados detrás de los caprichos y veleidades de la opinión pública, tal como los describían sus expertos en encuestas y asesores de medios de comunicación.
Un factor para considerar en estas elecciones ha sido la brutal polarización de sus protagonistas, y con ellos del país entero. La frase E pluribus unum, central en el sello oficial de Estados Unidos, ha comenzado a resquebrajarse, probablemente por culpa de Trump. El deterioro no ha sido solamente de los ciudadanos, partidos en dos. Ha sido también del propio Parlamento. Baste el ejemplo del nombramiento de la magistrada del Tribunal Supremo Federal Amy Coney Barret. La división ha sido tal que, contra la costumbre del Senado, ha salido solamente con los votos de la facción republicana. Por contrate, su antecesora Ruth Bader Ginsburg, propuesta por el demócrata Clinton, fue confirmada por 97 votos contra tres. Muy pocos republicanos votaron en contra, no obstante la clara filiación liberal de izquierda. Por lo demás, y según datos de Paw Research Center, los republicanos radicales son hoy el 95% del partido (64% en 1994) y los demócratas ultraliberales de izquierda representan el 97% (70% en 1994).
Y volvemos al principio. La situación Trump/Biden se asemeja mucho a la del 2000 en Florida. En ambas situaciones se pide la paralización de las votaciones o la verificación del resultado electoral. En todo caso, recemos para que no nos tengan en vilo hasta el 13 de diciembre.
El cielo, el infierno, el purgatorio y la muerte. ¿Qué sucede al finalizar la vida?
Algunas enseñanzas del Catecismo de la Iglesia Católica sobre lo que sucede tras la muerte y sobre la buena costumbre de rezar por los familiares y amigos difuntos, especialmente indicadas para considerar en el mes de noviembre, especialmente en la conmemoración de los Fieles Difuntos.
En los Libros Santos se llaman Novísimos a las cosas que sucederán al hombre al final de su vida, la muerte, el juicio, el destino eterno: el cielo o el infierno. La Iglesia los hace presentes de modo especial durante el mes de noviembre. A través de la liturgia, se invita a los cristianos a meditar sobre estas realidades.
1. ¿Qué hay después de la muerte? ¿Dios juzga a cada persona por su vida?
El Catecismo de la Iglesia católica enseña que «la muerte pone fin a la vida del hombre como tiempo abierto a la aceptación o rechazo de la gracia divina manifestada en Cristo».
«Cada hombre, después de morir, recibe en su alma inmortal su retribución eterna en un juicio particular que refiere su vida a Cristo, bien a través de la purificación, bien para entrar inmediatamente en la bienaventuranza del cielo, bien para condenarse inmediatamente para siempre». En este sentido, San Juan de la Cruz habla del juicio particular de cada como señalando que «a la tarde, te examinarán en el amor». Catecismo de la Iglesia Católica, 1021-1022.
Meditar con San Josemaría
Todo se arregla, menos la muerte... Y la muerte lo arregla todo. Surco, 878.
Cara a la muerte, ¡sereno! Así te quiero. No con el estoicismo frío del pagano; sino con el fervor del hijo de Dios, que sabe que la vida se muda, no se quita. ¿Morir?... ¡Vivir! Surco, 876.
¡No me hagas de la muerte una tragedia!, porque no lo es. Sólo a los hijos desamorados no les entusiasma el encuentro con sus padres. Surco, 885.
El verdadero cristiano está siempre dispuesto a comparecer ante Dios. Porque, en cada instante —si lucha para vivir como hombre de Cristo—, se encuentra preparado para cumplir su deber. Surco, 875.
“Me hizo gracia que hable usted de la 'cuenta' que le pedirá Nuestro Señor. No, para ustedes no será Juez —en el sentido austero de la palabra— sino simplemente Jesús”. —Esta frase, escrita por un Obispo santo, que ha consolado más de un corazón atribulado, bien puede consolar el tuyo. Camino, 168.
2. ¿Quiénes van al cielo? ¿Cómo es el cielo?
El cielo es “el fin último y la realización de las aspiraciones más profundas del hombre, el estado supremo y definitivo de dicha”. Y San Pablo escribe: “Ni ojo vio, ni oído oyó, ni pasó por pensamiento de hombre las cosas que Dios ha preparado para los que le aman”. (1Cor 2, 9).
Después del juicio particular, los que mueren en la gracia y la amistad de Dios y están perfectamente purificados van al cielo. Viven en Dios, lo ven tal cual es. Están para siempre con Cristo. Son para siempre semejantes a Dios, gozan de su felicidad, de su Bien, de la Verdad y de la Belleza de Dios.
Esta vida perfecta con la Santísima Trinidad, esta comunión de vida y de amor con Ella, con la Virgen María, los ángeles y todos los bienaventurados se llama el cielo. Es Cristo quien, por su muerte y Resurrección, nos ha “abierto el cielo”. Vivir en el cielo es “estar con Cristo” (cf. Jn 14, 3; Flp 1, 23; 1 Ts 4,17). Los que llegan al cielo viven “en Él”, aún más, encuentran allí su verdadera identidad. Catecismo de la Iglesia católica, 1023-1026
Meditar con San Josemaría
Mienten los hombres cuando dicen “para siempre” en cosas temporales. Sólo es verdad, con una verdad total, el "para siempre" de la eternidad. —Y así has de vivir tú, con una fe que te haga sentir sabores de miel, dulzuras de cielo, al pensar en esa eternidad, ¡que sí es para siempre! Forja, 999.
Piensa qué grato es a Dios Nuestro Señor el incienso que en su honor se quema; piensa también en lo poco que valen las cosas de la tierra, que apenas empiezan ya se acaban... En cambio, un gran Amor te espera en el Cielo: sin traiciones, sin engaños: ¡todo el amor, toda la belleza, toda la grandeza, toda la ciencia...! Y sin empalago: te saciará sin saciar. Forja, 995.
Si transformamos los proyectos temporales en metas absolutas, cancelando del horizonte la morada eterna y el fin para el que hemos sido creados —amar y alabar al Señor, y poseerle después en el Cielo—, los más brillantes intentos se tornan en traiciones, e incluso en vehículo para envilecer a las criaturas. Recordad la sincera y famosa exclamación de San Agustín, que había experimentado tantas amarguras mientras desconocía a Dios, y buscaba fuera de El la felicidad: ¡nos creaste, Señor, para ser tuyos, y nuestro corazón está inquieto, hasta que descanse en Ti! Amigos de Dios, 208
En la vida espiritual, muchas veces hay que saber perder, cara a la tierra, para ganar en el Cielo. —Así se gana siempre. Forja, 998.
3. ¿Qué es el purgatorio? ¿Es para siempre?
Los que mueren en la gracia y en la amistad de Dios, pero imperfectamente purificados, aunque están seguros de su eterna salvación, sufren después de su muerte una purificación, a fin de obtener la santidad necesaria para entrar en la alegría del cielo. La Iglesia llama purgatorio a esta purificación final de los elegidos, que es completamente distinta del castigo de los condenados.
Esta enseñanza se apoya también en la práctica de la oración por los difuntos, de la que ya habla la Escritura: “Por eso mandó [Judas Macabeo] hacer este sacrificio expiatorio en favor de los muertos, para que quedaran liberados del pecado” (2 M 12, 46). Desde los primeros tiempos, la Iglesia ha honrado la memoria de los difuntos y ha ofrecido sufragios en su favor, en particular el sacrificio eucarístico (cf. DS 856), para que, una vez purificados, puedan llegar a la visión beatífica de Dios. La Iglesia también recomienda las limosnas, las indulgencias y las obras de penitencia en favor de los difuntos. Catecismo de la Iglesia católica, 1030-1032
Meditar con San Josemaría
El purgatorio es una misericordia de Dios, para limpiar los defectos de los que desean identificarse con El. Surco, 889
No quieras hacer nada por ganar mérito, ni por miedo a las penas del purgatorio: todo, hasta lo más pequeño, desde ahora y para siempre, empéñate en hacerlo por dar gusto a Jesús. Forja, 1041.
“Esta es vuestra hora y el poder de las tinieblas”. —Luego, ¿el hombre pecador tiene su hora? —Sí..., ¡y Dios su eternidad! Camino, 734.
4. ¿Existe el infierno?
Significa permanecer separados de Él –de nuestro Creador y nuestro fin– para siempre por nuestra propia y libre elección. Este estado de autoexclusión definitiva de la comunión con Dios y con los bienaventurados es lo que se designa con la palabra infierno.
Morir en pecado mortal, sin estar arrepentidos ni acoger el amor misericordioso de Dios es elegir este fin para siempre.
La enseñanza de la Iglesia afirma la existencia del infierno y su eternidad. Las almas de los que mueren en estado de pecado mortal descienden a los infiernos inmediatamente después de la muerte y allí sufren las penas del infierno, “el fuego eterno”. La pena principal del infierno consiste en la separación eterna de Dios en quien únicamente puede tener el hombre la vida y la felicidad para las que ha sido creado y a las que aspira.
Jesús habla con frecuencia de la gehenna y del fuego que nunca se apaga, reservado a los que, hasta el fin de su vida, rehúsan creer y convertirse, y donde se puede perder a la vez el alma y el cuerpo.
Las afirmaciones de la Escritura y las enseñanzas de la Iglesia a propósito del infierno son un llamamiento a la responsabilidad con la que el hombre debe usar de su libertad en relación con su destino eterno. Constituyen al mismo tiempo un llamamiento apremiante a la conversión: “Entrad por la puerta estrecha; porque ancha es la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición, y son muchos los que entran por ella; mas ¡qué estrecha la puerta y qué angosto el camino que lleva a la Vida!; y pocos son los que la encuentran” (Mt 7, 13-14). Catecismo de la Iglesia católica, 1033-1036
Meditar con San Josemaría
No me olvidéis que resulta más cómodo —pero es un descamino— evitar a toda costa el sufrimiento, con la excusa de no disgustar al prójimo: frecuentemente, en esa inhibición se esconde una vergonzosa huida del propio dolor, ya que de ordinario no es agradable hacer una advertencia seria. Hijos míos, acordaos de que el infierno está lleno de bocas cerradas. Amigos de Dios, 161.
Un discípulo de Cristo nunca razonará así: “yo procuro ser bueno, y los demás, si quieren..., que se vayan al infierno”. Este comportamiento no es humano, ni es conforme con el amor de Dios, ni con la caridad que debemos al prójimo. Forja, 952
Sólo el infierno es castigo del pecado. La muerte y el juicio no son más que consecuencias, que no temen quienes viven en gracia de Dios. Surco, 890.
5. ¿Cuándo será el juicio final? ¿En qué consistirá?
La resurrección de todos los muertos, “de los justos y de los pecadores” (Hch 24, 15), precederá al Juicio final. Esta será “la hora en que todos los que estén en los sepulcros oirán su voz [...] y los que hayan hecho el bien resucitarán para la vida, y los que hayan hecho el mal, para la condenación” (Jn 5, 28-29). Entonces, Cristo vendrá “en su gloria acompañado de todos sus ángeles [...] Serán congregadas delante de él todas las naciones, y él separará a los unos de los otros, como el pastor separa las ovejas de las cabras. Pondrá las ovejas a su derecha, y las cabras a su izquierda [...] E irán éstos a un castigo eterno, y los justos a una vida eterna”. (Mt 25, 31. 32).
El Juicio final sucederá cuando vuelva Cristo glorioso. Sólo el Padre conoce el día y la hora en que tendrá lugar; sólo Él decidirá su advenimiento. Entonces Él pronunciará por medio de su Hijo Jesucristo, su palabra definitiva sobre toda la historia. Nosotros conoceremos el sentido último de toda la obra de la creación y de toda la economía de la salvación, y comprenderemos los caminos admirables por los que su Providencia habrá conducido todas las cosas a su fin último. El Juicio final revelará que la justicia de Dios triunfa de todas las injusticias cometidas por sus criaturas y que su amor es más fuerte que la muerte (cf. Ct 8, 6).
El mensaje del Juicio final llama a la conversión mientras Dios da a los hombres todavía “el tiempo favorable, el tiempo de salvación” (2 Co 6, 2). Inspira el santo temor de Dios. Compromete para la justicia del Reino de Dios. Anuncia la “bienaventurada esperanza” (Tt 2, 13) de la vuelta del Señor que “vendrá para ser glorificado en sus santos y admirado en todos los que hayan creído” (2 Ts 1, 10). Catecismo de la Iglesia católica, 1038-1041
Meditar con San Josemaría
Cuando pienses en la muerte, a pesar de tus pecados, no tengas miedo... Porque El ya sabe que le amas..., y de qué pasta estás hecho. Si tú le buscas, te acogerá como el padre al hijo pródigo: ¡pero has de buscarle! Surco, 880.
“Conozco a algunas y a algunos que no tienen fuerzas ni para pedir socorro”, me dices disgustado y apenado. —No pases de largo; tu voluntad de salvarte y de salvarles puede ser el punto de partida de su conversión. Además, si recapacitas, advertirás que también a ti te tendieron la mano. Surco, 778.
El mundo, el demonio y la carne son unos aventureros que, aprovechándose de la debilidad del salvaje que llevas dentro, quieren que, a cambio del pobre espejuelo de un placer —que nada vale—, les entregues el oro fino y las perlas y los brillantes y rubíes empapados en la sangre viva y redentora de tu Dios, que son el precio y el tesoro de tu eternidad. Camino, 708.
Por salvar al hombre, Señor, mueres en la Cruz; y, sin embargo, por un solo pecado mortal, condenas al hombre a una eternidad infeliz de tormentos...: ¡cuánto te ofende el pecado, y cuánto lo debo odiar! Forja, 1002.
6. Al final de los tiempos Dios ha prometido cielo nuevo y una tierra nueva ¿Qué debemos esperar?
La Sagrada Escritura llama “cielos nuevos y tierra nueva” a esta renovación misteriosa que transformará la humanidad y el mundo (2 P 3, 13; cf. Ap 21, 1). Esta será la realización definitiva del designio de Dios de “hacer que todo tenga a Cristo por Cabeza, lo que está en los cielos y lo que está en la tierra" (Ef 1, 10).
Para el hombre esta consumación será la realización final de la unidad del género humano, querida por Dios desde la creación y de la que la Iglesia peregrina era “como el sacramento" (LG1). Los que estén unidos a Cristo formarán la comunidad de los rescatados, la Ciudad Santa de Dios. Ya no será herida por el pecado, las manchas, el amor propio, que destruyen o hieren la comunidad terrena de los hombres. La visión beatífica de Dios será la fuente inmensa de felicidad, de paz y de comunión mutua.
“Ignoramos el momento de la consumación de la tierra y de la humanidad, y no sabemos cómo se transformará el universo. Ciertamente, la figura de este mundo, deformada por el pecado, pasa, pero se nos enseña que Dios ha preparado una nueva morada y una nueva tierra en la que habita la justicia y cuya bienaventuranza llenará y superará todos los deseos de paz que se levantan en los corazones de los hombres” (GS 39).
“No obstante, la espera de una tierra nueva no debe debilitar, sino más bien avivar la preocupación de cultivar esta tierra, donde crece aquel cuerpo de la nueva familia humana, que puede ofrecer ya un cierto esbozo del siglo nuevo. Por ello, aunque hay que distinguir cuidadosamente el progreso terreno del crecimiento del Reino de Cristo, sin embargo, el primero, en la medida en que puede contribuir a ordenar mejor la sociedad humana, interesa mucho al Reino de Dios” (GS 39). Catecismo de la Iglesia Católica, 1043-1049.
Meditar con San Josemaría
Mientras vivimos aquí, el reino se asemeja a la levadura que cogió una mujer y la mezcló con tres celemines de harina, hasta que toda la masa quedó fermentada. Quien entiende el reino que Cristo propone, advierte que vale la pena jugarse todo por conseguirlo: es la perla que el mercader adquiere a costa de vender lo que posee, es el tesoro hallado en el campo. El reino de los cielos es una conquista difícil: nadie está seguro de alcanzarlo, pero el clamor humilde del hombre arrepentido logra que se abran sus puertas de par en par. Es Cristo que pasa, 180
En esta tierra, la contemplación de las realidades sobrenaturales, la acción de la gracia en nuestras almas, el amor al prójimo como fruto sabroso del amor a Dios, suponen ya un anticipo del Cielo, una incoación destinada a crecer día a día. No soportamos los cristianos una doble vida: mantenemos una unidad de vida, sencilla y fuerte en la que se funden y compenetran todas nuestras acciones. Cristo nos espera. Vivamos ya como ciudadanos del cielo, siendo plenamente ciudadanos de la tierra, en medio de dificultades, de injusticias, de incomprensiones, pero también en medio de la alegría y de la serenidad que da el saberse hijo amado de Dios. Es Cristo que pasa, 126.
El tiempo es nuestro tesoro, el “dinero” para comprar la eternidad. Surco, 882.
¿Por qué rezar por los difuntos? Explicaciones del Catecismo de la Iglesia Católica
En la Iglesia Católica el mes de noviembre, está iluminado de modo particular por el misterio de la comunión de los santos que se refiere a la unión y la ayuda mutua que podemos prestarnos los cristianos: quienes aún estamos en la tierra, los que ya seguros del cielo se purifican antes de presentarse ante Dios de los vestigios de pecado en el purgatorio y quienes interceden por nosotros delante de la Trinidad Santísima donde gozan ya para siempre. El cielo es el fin último y la realización de las aspiraciones más profundas del hombre, el estado supremo y definitivo de dicha (Catecismo de la Iglesia Católica, 1024).
“Hasta que el Señor venga en su esplendor con todos sus ángeles y, destruida la muerte, tenga sometido todo, sus discípulos, unos peregrinan en la tierra; otros, ya difuntos, se purifican; mientras otros están glorificados, contemplando 'claramente a Dios mismo, uno y trino, tal cual es'”.
Todos, sin embargo, aunque en grado y modo diversos, participamos en el mismo amor a Dios y al prójimo y cantamos en mismo himno de alabanza a nuestro Dios. (Catecismo, punto 954).
La Iglesia peregrina, perfectamente consciente de esta comunión de todo el Cuerpo místico de Jesucristo, desde los primeros tiempos del cristianismo honró con gran piedad el recuerdo de los difuntos y también ofreció por ellos oraciones 'pues es una idea santa y provechosa orar por los difuntos para que se vean libres de sus pecados' (Catecismo, punto 958).
Los que mueren en la gracia y en la amistad de Dios, pero imperfectamente purificados, aunque están seguros de su eterna salvación, sufren después de su muerte una purificación, a fin de obtener la santidad necesaria para entrar en la alegría del cielo (Catecismo, punto 1030).
La Iglesia llama Purgatorio a esta purificación final de los elegidos que es completamente distinta del castigo de los condenados (Catecismo, punto 1031).
Desde los primeros tiempos, la Iglesia ha honrado la memoria de los difuntos y ha ofrecido sufragios en su favor, en particular el sacrificio eucarístico, para que, una vez purificados, puedan llegar a la visión beatífica de Dios. La Iglesia también recomienda las limosnas, las indulgencias y las obras de penitencia en favor de los difuntos.
San Josemaría, en Surco
“El purgatorio es una misericordia de Dios, para limpiar los defectos de los que desean identificarse con El” (Punto 889).
“¡Qué contento se debe morir, cuando se han vivido heroicamente todos los minutos de la vida! Te lo puedo asegurar porque he presenciado la alegría de quienes, con serena impaciencia, durante muchos años, se han preparado para ese encuentro” (Punto 893).