Estás en un blog espumoso, intimista, paradójico; de lo humano y de lo divino. No soy mejor que tú...
Me propongo hablar a la cara y que me hables a la cara, sin caretas, sin retorno, a quemarropa... blog del Profesor Tirapu
Hace seis meses Manuel Vicent, poeta, escritor y columnista, publicó en El País el artículo que ahora reproduzco. Hay alguna afirmación que me cuesta compartir, pero en líneas generales me parece un texto que merece ser difundido y aplaudido.
Por organismos internacionales de toda solvencia España ha sido declarado el mejor país del mundo para nacer, el más sociable para vivir y el más seguro para viajar solos sin peligro por todo su territorio. Según The Economist, nuestro nivel democrático está muy por encima de Bélgica, Francia e Italia. Pese al masoquismo antropológico de los españoles, este país es líder mundial en donación y trasplantes de órganos, en fecundación asistida, en sistemas de detección precoz del cáncer, en protección sanitaria universal gratuita, en esperanza de vida solo detrás de Japón, en robótica social, en energía eólica, en producción editorial, en conservación marítima, en tratamiento de aguas, en energías limpias, en playas con bandera azul, en construcción de grandes infraestructuras ferroviarias de alta velocidad y en una empresa textil que se estudia en todas las escuelas de negocios del extranjero. Y encima para celebrarlo tenemos la segunda mejor cocina del mundo.
Frente a la agresividad que rezuman los telediarios, España es el país de menor violencia de género en Europa, muy por detrás de las socialmente envidiadas Finlandia, Francia, Dinamarca o Suecia; el tercero con menos asesinatos por 100.000 habitantes, y junto con Italia el de menor tasa de suicidios. Dejando aparte la historia, el clima y el paisaje, las fiestas, el folklore y el arte cuya riqueza es evidente, España posee una de las lenguas más poderosas, más habladas y estudiadas del planeta y es el tercer país, según la Unesco, por patrimonio universal detrás de Italia y China.
Todo esto demuestra que en realidad existen dos Españas, no la de derechas o de izquierdas, sino la de los políticos nefastos y líderes de opinión bocazas que gritan, crispan, se insultan y chapotean en el estercolero y la de los ciudadanos con talento que cumplen con su deber, trabajan y callan.
Don Fernando, o sencillamente ‘padre’, es como las personas que viven la espiritualidad del Opus Dei se dirigen a él. Del 29 de marzo al 1 de abril, visitó Zaragoza, donde tuvo la oportunidad de celebrar la misa en la iglesia del Seminario de San Carlos, donde san Josemaría Escrivá de Balaguer fue ordenado sacerdote el 28 de marzo de 1925. En la fiesta de este santo aragonés y universal, recuperamos la entrevista concedida a IGLESIA EN ARAGÓN.
El prelado del Opus Dei en Zaragoza.
¿Qué experimenta el prelado del Opus Dei al visitar la ciudad en la que san Josemaría fue ordenado sacerdote? Visitar Zaragoza me lleva a dar muchas gracias a Dios por los frutos de vida cristiana y de santidad de los que ha sido testigo esta ciudad. Desde los primeros siglos del cristianismo, como atestiguan los mártires que se veneran en la basílica de Santa Engracia, hasta nuestros días. Esta estancia en Zaragoza evoca un recuerdo muy especial de los años de seminarista de san Josemaría. Años de intensa oración –con sus visitas diarias al Pilar–, de formación y de petición de luz para ver la vocación de servicio que Dios le pedía. Me ha dado especial alegría poder celebrar la santa misa en la iglesia de San Carlos, donde san Josemaría recibió su ordenación diaconal y sacerdotal y donde pasó tantas horas en oración.
Vayamos a Barbastro, ¿cómo era la familia de san Josemaría? La familia de san Josemaría era un familia cristiana como tantas otras. Y en el seno de esa familia se fue preparando para la primera comunión. Su madre, Dolores, le preparó personalmente para la primera confesión. Además recibió la catequesis de preparación en el colegio de los Escolapios de Barbastro. Fue un religioso escolapio, el padre Manuel Laborda de la Virgen del Carmen –el padre Manolé, como le llamaban los alumnos–, quien se ocupó de prepararle. Este religioso le enseñó una oración para mantener vivo su deseo de recibir al Señor. Esa fórmula la siguió utilizando san Josemaría durante toda su vida, lleno de agradecimiento al padre Manuel, y la difundió por todo el mundo.
¿Qué huella dejó en san Josemaría su misión pastoral en pequeñas parroquias rurales como Fombuena o Perdiguera? San Josemaría comentó que el tiempo pasado en esas parroquias dejó una profunda huella en su alma y le hizo un gran bien. Muchos años después de ese periodo, que nunca olvidó, evocaba aquellas experiencias en parroquias rurales con enorme afecto. Recuerdo que decía “¡Me hicieron un bien colosal, colosal, colosal! ¡Con qué ilusión recuerdo aquello!”.
¿Cómo vivió san Josemaría la amistad y el apostolado en la Universidad de Zaragoza? Cuando terminó su cuarto año de teología, comenzó a estudiar también en la Facultad de Derecho, situada entonces en la Plaza de la Magdalena. Allí hizo amistad con sus compañeros, que le llamaban amistosamente el “curilla”. Cultivaba la amistad con ellos de un modo muy natural. Su comportamiento era sacerdotal y humano. Quizá sea esa la razón por la que, cuando se ordenó sacerdote, algunos lo escogieron como confesor habitual.
¿Qué han significaron en la vida de san Josemaría el Pilar y Torreciudad? La devoción a la Virgen del Pilar comenzó en la vida de san Josemaría desde que, con “su piedad de aragoneses” –como le gustaba recordar–, se la infundieron sus padres. Es, sin duda, algo tan natural en tantas familias de Aragón. Más tarde, al vivir en Zaragoza, esa piedad se materializó en visitas diarias a la santa Capilla, como hacen tantos zaragozanos. La Virgen de Torreciudad está unida a su propia biografía, como es bien sabido, por un favor concedido por la Virgen en sus primeros años de vida.
¿En qué sentido la labor de los miembros de la Obra repercute en el bien de las diócesis?, ¿cuál es su aportación? Las personas de la Obra, como los demás fieles católicos, son fieles de las diócesis en las que viven. Con sus defectos y sus límites se esfuerzan, como tantas otras personas en todo el mundo, por realizar bien su trabajo, por cuidar a su familia, por crear un ambiente sano a su alrededor; por subsanar las carencias de los más necesitados; procuran ayudar a que sus amigos descubran el amor de Dios. Todo esto enriquece la vida en una diócesis, del mismo modo que las acciones de todos los cristianos que procuran vivir su fe allí donde están. A la vez, no son pocos los fieles del Opus Dei que colaboran en las parroquias o asociaciones diocesanas en la medida de sus posibilidades.
¿Tiene el Opus Dei algo del carácter aragonés de su fundador? Es una formulación interesante. Como institución de la Iglesia universal no puede considerarse que haya en ella algo, por decirlo así, limitativamente “aragonés”. Pero resulta indudable que, como san Josemaría era aragonés, ese modo de ser impregna su modo de explicar las cosas, su constancia, su determinación… Alguna vez utilizaba modismos aragoneses, aunque procuraba que fueran pocos, pues su mensaje tenía que ser comprensible para personas de los cinco continentes.
El actual Seminario Metropolitano de Zaragoza es la institución heredera del Seminario de San Francisco de Paula —y también del Seminario Conciliar—, donde se formó san Josemaría, ¿qué intuiciones del santo le parecen importantes para la formación de nuestros seminaristas? Quizá más que de intuiciones podemos hablar de las luces que san Josemaría recibió de Dios para llevar a cabo una misión: recordar a los hombres y mujeres que están llamados a la santidad y al trato personal con Jesús, también a través del trabajo. Desde esta perspectiva, parece importante avivar la conciencia, también en quienes se preparan para el sacerdocio, de que el Señor les llama a ser santos, en su etapa de seminaristas y después en su condición de sacerdotes. También puede ser ilustrativo, para los seminaristas, el ideal de vida que a san Josemaría le gustaba proponer: tener piedad de niños y doctrina de teólogos.
San Josemaría es un aragonés universal, como universal es la llamada a la santidad que predicó siempre, ¿sigue vigente su mensaje? Me parece que la vigencia de ese mensaje ha quedado ampliamente puesta de relieve en el Concilio Vaticano II y en la reciente exhortación apostólica Gaudete et exsultate, en la que el papa Francisco nos recuerda que “Él nos quiere santos y no espera que nos conformemos con una existencia mediocre, aguada, licuada”, y en la que nos anima a “no tener límites para lo grande, para lo mejor y más bello”, y a vivir “al mismo tiempo concentrados en lo pequeño, en la entrega de hoy”.
HIMNO Tú nos mostraste el sendero de lo ordinario para imitar el ejemplo de Cristo, transmitiéndonos, obediente a la Luz, aquella luz que claramente viste. Con una vida silenciosa y sin espectáculo, desempeñaste el ministerio sacerdotal, predicando la ley de Dios con humildad. La Virgen María te amparó siempre, venerada Madre del amor hermoso, Esclava del Señor, asiento de la sabiduría y esperanza nuestra. Ruega por nosotros, oh Virgen santa, bendita Madre de Dios, Tú que preparas y conservas en nuestra vida un camino seguro.
No la llegué a conocer muy a fondo. Cuando ella era pequeña, yo iba a jugar a su casa porque su hermano Javier era uno de mis ‘mejoresamigos’ en algunos años de primaria. Para demostrar que existió esa amistad que perdura, Javier (a quien mando un fuerte abrazo) y yo, cada vez que nos vemos, recitamos el teléfono de nuestros padres y nuestras fechas de nacimiento, aunque, como él dice, yo juego con ventaja porque su teléfono era muy fácil y él nació el mismo día que uno de mis hermanos.
Mientras escribo esto, Javier está volando a Abidjan, para repatriar el cuerpo de Teresa, fallecida en un accidente ayer mismo en Costa de Marfil.
Años más tarde, me la encontré inesperadamente en una reunión de Canigó, el colegio de mis hijas. La reconocí al instante. La sonrisa franca, la mirada limpia y transparente. Cruzamos unas palabras y enseguida detecté el sentido del humor característico de su familia (¡su padre me había dado clases de Derecho Político!). Después, fuimos coincidiendo en diversos eventos. Siempre atenta a todo, dispuesta a ayudar, sin querer hacer sombra a nadie, dejando que los demás brillaran, incluso con la luz que ella les prestaba. Ella fue asumiendo nuevas responsabilidades, acordes a su preparación y disposición. Ahora era subdirectora.
Digo que no la conocía mucho, pero no es cierto del todo. Teresa era, es también ahora en su trayecto al Cielo, numeraria del Opus Dei. Y eso sí lo conozco bien, aunque solo sea porque tengo una hija que también lo es. Sé lo que significa.
Significa haber transformado la maternidad corporal en maternidad espiritual, con esa capacidad de expansión que tiene el corazón humano que se entrega indiviso a Dios y es capaz de anticipar de alguna manera la íntima unión que todos alcanzaremos en la otra vida.
Significa olvidarse de una misma y poner todos los talentos, que suelen ser muchos, al servicio de los demás, para llevar cuantas más almas sea posible a Dios y a la felicidad humana.
Significa reescribir el rostro con una sonrisa permanente, iluminar la mirada con la limpieza de un amor sin condiciones, tener los brazos siempre abiertos a quien quiera refugiarse en ellos.
Significa soportar todas las incomprensiones con alegría y devolver siempre bien por mal, regando a veces con lágrimas la tierra propia y ajena para que crezca y dé fruto.
Significa no tener nada propio y, al mismo tiempo, tener todo a disposición de los otros, vivir una vida desprendida y generosa, volcada a los demás.
Significa irse de voluntariado a Costa de Marfil con un grupo de niñas, mientras la mayor parte de la sociedad se prepara para disfrutar de unas merecidas vacaciones.
Significa dejar la vida en un recodo cualquiera del camino para, desde allí, callada y eficazmente, dejar sembrada en muchas almas una semilla imperceptible que irá creciendo en el corazón de todas sus compañeras de voluntariado, en las personas que les acompañaban, en sus padres, familiares, amigos y en todos los que, como nosotros, desde la distancia próxima del dolor humano y sobrenatural, rezamos por Teresa.
Significa, como diría Teresa, que Dios sabe más y todo lo que sucede es para bien de los que le aman, aunque a veces hagan falta años para entenderlo.
En primer lugar deseo agradecer la amable invitación del profesor Javier Escrivá para impartir esta lección en el solemne acto de graduación del Máster Universitario en Matrimonio y Familia. Acepté encantado la invitación y de inmediato le ofrecí para mi lección el título «El valor de la ternura», pues sin duda en la sociedad actual, marcada tantas veces por el egoísmo consumista y una enorme violencia estructural, hace falta un cierto valor para defender la ternura como forma privilegiada de la relación humana. De inmediato me vino a la cabeza que un acto como este con expertos en el matrimonio y la familia, con verdaderos expertos en el amor, era la mejor ocasión para pensar juntos sobre este tema tan decisivo para la convivencia humana.
Una lección magistral es originalmente una clase, un poco más solemne que las clases habituales, pero también, si es posible, algo más breve —no pasaré de los 25 minutos que me han concedido— y quizá algo más simpática, que haga sonreír al auditorio compuesto en su mayor parte de parientes, amigos y conocidos que no han cursado el Máster. En esta ocasión el invitado es un filósofo, una de esas personas un tanto especiales que, siguiendo el ejemplo de Sócrates, el primero de los filósofos, se ven a sí mismos puestos sobre la ciudad —como el tábano sobre el caballo— para que no se amodorre. Los filósofos queremos cambiar el mundo, queremos cambiar incluso los sueños de quienes nos escuchan para que comiencen a vivir de verdad, esto es, apasionadamente, con cabeza y también con corazón. Como saben, Sócrates fue obligado a beber una copa de cicuta porque su actitud resultaba incómoda a sus conciudadanos; estoy bien seguro de salir hoy yo mejor parado. «Las lecciones magistrales —escribía un querido colega fallecido hace unos años— son una muestra de libertad y por eso forman en libertad»: el maestro muestra su alma al mostrar que la lección es verdaderamente suya y no tomada en préstamo de otro.
Voy a organizar mi lección en tres breves secciones que he titulado: 1º) Las edades de la ternura; 2º) Sexo y ternura; 3º) La «revolución de la ternura», en expresión del papa Francisco; y finalmente 4º) Una breve conclusión invitando a ser valientes para tratar con ternura a las personas de nuestro entorno.
Las edades de la ternura
En la lengua castellana solemos usar el adjetivo «tierno» para referirnos a la blandura de los alimentos —una carne, por ejemplo, puede ser dura o tierna—, a las hierbas o los brotes de las plantas fáciles de cortar o, sobre todo, al comportamiento encantador de niños pequeños o incluso de mascotas que nos cautivan por su candidez, su inocencia, su ingenuidad.
Me parece que la imagen más feliz de la ternura es la de la madre —o el padre— cuidando de su hijo en brazos. En los viajes largos en avión me impresiona siempre comprobar cómo unos padres pueden estar durante ocho o nueve horas seguidas totalmente pendientes de su hija o de su hijo pequeño. No piensan que estén haciendo nada extraordinario: advierten cualquier gesto o síntoma que requiera alguna acción por su parte: alimentación, movimiento, cambio de pañal o lo que sea.
Me deslumbró hace tres años la lectura del libro de Carolina del Olmo ¿Dónde está mi tribu? Maternidad y crianza en una sociedad individualista (Clave Intelectual, Madrid, 2013). Se trata de una filósofa madrileña que se lanzaba a pensar con valentía acerca de la maternidad a raíz del nacimiento de su primer hijo en el año 2009 (desde entonces ha tenido dos hijos más). Es un libro revolucionario porque denuncia la pobre acogida de la maternidad en nuestra sociedad —el menosprecio, diría yo más bien, de la maternidad, sobre todo en el imaginario de muchas mujeres jóvenes— e introduce en el horizonte la «lógica del don» —del darse— que tanto contrasta con la «lógica del interés», con el egoísmo individualista quizá predominante en nuestra cultura occidental. Del Olmo defiende el cuidado —que es otro nombre para la ternura— como un elemento central de la experiencia humana.
En ese libro encontré una maravillosa cita de Santiago Alba: «¿Para qué sirven los niños? Para cuidarlos; es decir, para volvernos cuidadosos» (Leer con niños). De eso se trata, de volvernos cuidadosos, de cuidarnos unos a otros. No solo de cuidar a los niños y a los ancianos; también los jóvenes y los adultos deben aprender a cuidar y a dejarse cuidar —que muchas veces es más difícil, como ha escrito mi maestro Alejandro Llano—: tanto jóvenes como adultos deben aprender a cuidarse unos a otros y a tratarse con ternura. Como leí en un whatsapp: «Amar es cuidar. Así de simple. Así de profundo».
En este sentido, otro libro que me ha impactado en estos últimos años —ya desde el propio título— es el del filósofo escocés Alasdair MacIntyre, Animales racionales y dependientes. Frente a la imagen moderna del hombre autónomo, aislado y solitario, MacIntyre pone de manifiesto que dependemos unos de otros no solo en la infancia o en la ancianidad, sino a lo largo de toda la vida, tanto en el ámbito familiar como en el social.
No se trata simplemente de una cadena de solidaridad, esto es, de que los padres cuidan de sus hijos para que estos a su vez cuiden de ellos en su vejez: esa es una visión economicista totalmente falsa. Los padres cuidan de sus hijos porque sí, sin pedir nada a cambio, y los hijos —afortunadamente en la mayor parte de los casos— cuidan de sus padres ancianos también porque sí, porque les quieren. Como sabéis vosotros muy bien, la familia es —¡ha de serlo siempre!— la comunidad en la que cada uno es —y así se siente— querido por sí mismo, por ser quien es. La manera de corresponder a ese amor es poniendo cada uno al servicio de la comunidad familiar aquello que le es más propio y personal. De esta manera cada uno aporta lo suyo a lo común y así todos se enriquecen. Pero además, si queremos hacer un mundo más humano, hemos de aprender a mirar a todos y a cada uno —sean o no de la propia familia— como alguien que vale por sí mismo. De esta manera el cariño familiar se ensanchará hasta hacerse verdaderamente global de forma que el mundo se transforme en un hogar.
Debo reconocer que cuando era joven siempre menosprecié el «ternurismo» porque me parecía quizás un sentimentalismo facilón. Me parece que la primera vez que me paré a pensar y a escribir sobre la ternura fue cuando ya cerca de los cuarenta me tropecé con un álbum recopilatorio de Ana Belén y Víctor Manuel que llevaba por título «Para la ternura siempre hay tiempo» y que traduje para mis adentros como «para la ternura siempre estiempo». Así es. La ternura renuncia al control del tiempo [como los padres en el avión]. La prisa se opone a la ternura; la ternura es lenta, la prisa violenta. No hay ternura apresurada, no hay amor con prisas. Quien ama no tiene prisa.
Sexo y ternura
A ninguno de quienes hoy me escucháis se os oculta que vivimos en una sociedad pansexualizada —de ordinario machista, esto es cosificadora de las mujeres— tanto en los medios de comunicación como en la publicidad, en las películas o en internet. El sexo es muy importante en la vida humana. No es —de ello estoy seguro— lo más importante, pero tiene un papel central en el desarrollo de una vida en plenitud. Dicen algunos que la revolución de mayo del 68 —que desvinculó placer sexual y reproducción— y el rechazo de buena parte de los valores que moderaban el impulso sexual han desarticulado por completo la realización personal en el ámbito de la sexualidad. Todos sabemos bien que cuando el placer sexual se convierte en objeto de consumo los seres humanos se cosifican en su mutua relación. Esto en la prostitución y en la pornografía es totalmente obvio.
Probablemente coincidiréis conmigo en que pedir al sexo que dé la felicidad es pedirle demasiado, es pedirle algo que no puede dar. Dejadme que cite un párrafo del conocido escritor Alex Rovira: «Sexo con ternura es expresión del amor; sin ternura, una relación basada en la sexualidad está condenada a la ruptura. Porque aunque pueda haber intensidad sensorial en el intercambio físico, sin ternura se produce una relación que se encierra en la búsqueda del propio placer y hace del otro un objeto de satisfacción y nada más. […] La pasión del enamoramiento es efímera y deja paso con el tiempo a una relación más reposada donde se instala la ternura. Sin ella, la relación de pareja está condenada al fracaso porque su ausencia genera aburrimiento, rutina, apatía, distancia y egoísmo».
No añado nada más sobre la relación esponsal, de varón y mujer, en el matrimonio y la familia, pero sí que me gustaría añadir algo —lo haré muy brevemente, aunque es un tema enorme— sobre las relaciones de varones y mujeres en el espacio público, en el ámbito laboral. Frente a esa sociedad hipersexualizada que decía antes, me gustaría afirmar rotundamente —con palabras de un buen amigo mío— que «el sexo es familiar», que el ámbito natural del sexo es el del matrimonio y que, por tanto, debe limitarse a él. Por consiguiente, hemos de empeñarnos en des-sexualizar el mundo laboral, el ámbito profesional, las relaciones sociales, incluidos los espectáculos y demás medios de entretenimiento. Me parece que los recientes y penosos escándalos sexuales en el mundo del cine o en la Iglesia católica son una terrible consecuencia de abusos de poder por parte de empresarios, clérigos u otros depredadores capaces de violentar a mujeres o a menores para satisfacer sus más bajos instintos.
Perdonad que me ponga tan serio, pero me parece que el asunto lo requiere. Se dice a veces que aquellos hombres que dañan con su comportamiento violento a las mujeres han sufrido probablemente en su infancia o juventud formas severas de violencia y abuso. No sé si es verdad. Lo que sí sé es que quienes han sufrido la violencia pueden aprender a curar su terrible experiencia pasada mediante el cariño y el servicio a los demás. Responder con ternura inteligente y concreta a la violencia es —en palabras de san Josemaría con gran fuerza poética— «ahogar el mal en abundancia de bien».
Defender que el sexo es familiar significa —decía antes— empeñarse en que los demás ámbitos de la sociedad estén des-sexualizados, esto es, que varones y mujeres solo estén disponibles para relacionarse sexualmente dentro del matrimonio. Pero, podríais decirme, ¿no eres consciente de la promiscuidad sexual generalizada entre tantos jóvenes y adultos en nuestra sociedad? Por supuesto que soy del todo consciente y respondería que la situación actual no es muy distinta —según los datos de que disponemos— de la que se encontraron los primeros cristianos en el Imperio Romano que en poco menos de dos siglos transformaron de abajo arriba la sociedad. Se trata realmente de hacer una nueva revolución: la revolución de la ternura.
La revolución de la ternura
«LA REVOLUCIÓN DE LA TERNURA»
Me parece que la primera vez que escuché al papa Francisco emplear la expresión «la revolución de la ternura» fue en su viaje a Cuba en el año 2015. Si no entendí mal, lo que venía a decir es que lo verdaderamente revolucionario en Cuba y en todas partes es que nos queramos unos a otros y que no tengamos miedo de expresarlo así.
Al escuchar aquella expresión, vinieron a mi memoria los ensayos de algunos de mis alumnos del curso precedente, a los que había pedido que escribieran sobre su vida familiar. Quedaron en mi memoria un puñado de ellos en los que con dolor hablaban de gritos, incomprensión, mal genio, discusiones, malentendidos, clamorosos silencios… y toda la retahíla de conductas desafortunadas que con frecuencia afligen a tantas familias. Como escribe Leon Tolstoi en el arranque de su maravillosa novela Anna Karenina: «Todas las familias felices se parecen, mientras que cada familia infeliz es infeliz a su propia manera».
Pues bien, decir que la ternura es revolucionaria no significa que a base de besos y de caricias puedan resolverse todos los problemas, pero sí, de alguna manera, que aquellos que más nos afectan tienen de ordinario que ver con nuestra relación con quienes tenemos a nuestro lado, nuestros amigos, parientes, colegas, vecinos. Y en estos casos, aplicando una ternura inteligente pueden cerrarse heridas a nivel familiar, pueden pensarse mejor las relaciones laborales para minimizar los conflictos y puede aminorarse la beligerancia social. Nos enternecemos porque amamos y la revolución de la ternura se nutre del amor. Fue conmovedor el discurso del papa Francisco en Filadelfia, hablando de la familia, cuando, ante la ingenua pregunta de un niño: «¿Qué hacía Dios antes de crear al mundo?» , tuvo que improvisar una respuesta: «Antes de crear al mundo… Dios amaba».
¿Cómo expresamos el amor a quienes nos rodean? Sin duda, son muchas las formas y han de adaptarse a las circunstancias de lugar, de tiempo, de tradiciones culturales y de situación de cada uno, pero quiero apuntar al menos tres:
1) La escucha serena, sin mirar el reloj ni el móvil: en palabras de la Madre Teresa de Calcuta, «estar con alguien, escucharle sin mirar el reloj y sin esperar resultados, nos enseña algo sobre el amor».
2) Pedir perdón y agradecer: es necesario en muchas circunstancias aprender a pedir perdón, a decir «lo siento, me equivoqué», «no lo haré más», y —como enseña el papa Francisco— exige también emplear muchas veces esas otras dos expresiones tan típicas del cariño: «gracias» y «por favor».
3) La sonrisa y la caricia: Los seres humanos llevamos el alma a flor de piel y una sonrisa o una caricia cambian nuestro día. Cuántas veces un malentendido, una discusión, un disgusto con aquella otra persona que queremos queda relegado al olvido simplemente con una caricia amable, con un beso. No hacen falta palabras; más bien sobran.
Conclusión
Debo terminar ya, pues me apura el tiempo concedido, y quiero hacerlo agradeciendo vuestra amable atención hacia mis palabras e invitando a todos —masterandos, profesores, amigos todos— a ser valientes y a atreverse a dar más abrazos, más besos, más caricias, más sonrisas, más escucha, más «gracias», más «perdón», más «por favor». Tened presente que la revolución de la ternura comienza siempre por los que tenemos más cerca.
Graduación de la XVIII Promoción del Máster en Matrimonio y Familia, Universidad de Navarra, 14 de junio 2019.
Agradezco las correcciones de Gloria Balderas, María Rosa Espot, Lola Martínez Portero y Ramon Nubiola, así como la ayuda de Jacin Luna con las ilustraciones.
Prodigios de la fe que siguen moviendo corazones hoy
San Antonio de Padua es conocido en todo el mundo con el calificativo de taumaturgo, que quiere decir el que “obra milagros”, porque durante su vida Dios realizó a través suyo numerosos prodigios. Aquí te relatamos sólo diez de los muchos que nos han llegado a través de los siglos.
1. Los gorriones encerrados
Fernando (su nombre de bautismo) era un niño muy obediente, tanto con Dios como con sus papás terrenales. Por esa razón su Papá del cielo un día lo premió.
Era la época en que los gorriones en bandadas hacían estragos en los trigales, y el padre de Fernando le había dado la tarea de cuidar el campo de los pájaros en su ausencia.
El niño contento obedeció, peroen un momento sintió un fuerte deseo de ir a rezar en la iglesia. Entonces llamó a todos los gorriones y los encerró en una habitación.
Cuando llegó su padre se enojó mucho al ver que Fernando no estaba en el campo y lo llamó para reprocharle, pero el niño le aseguró que los pájaros no comieron ni un grano de trigo y lo llevó hasta donde estaban encerradas las aves, y las soltó. El padre, maravillado, abrazó muy fuerte a su hijo.
2. Tormentas del diablo
San Antonio, como muchos grandes santos, era perseguido por el demonio, enojado porque le quitaba muchas almas. Por lo tanto siempre buscaba molestarlo cuando predicaba.
Un día, cuando el santo predicaba en la ciudad de Limoges, en Francia -al aire libre, porque la iglesia no podía contener toda la gente que había ido a escuchar su predicación-, de repente el cielo se nubló amenazando con una terrible tormenta.
El público comenzó a marcharse y Fray Antonio los llamó asegurando que no les caería ni una gota. Y así fue,llovió fuertemente alrededor de la gente, dejando completamente seca la parte donde ellos estaban.Al final de la predicación, todos los que asistieron alabaron al Señor y dieron gracias por lo que acaban de presenciar.
3. La mula de rodillas
Este es uno de los milagros más conocidos de san Antonio. Una vez, encontrándose en Rimini, el santo trató de convertir a un hereje. Discutían sobre la real presencia de Jesús en la Eucaristía.
El hereje, llamado Bonvillo, lanza el desafío al fraile afirmando: si tú, Antonio, lograras probar con un milagro que en la Comunión de los creyentes está, velado, el verdadero cuerpo de Cristo, yo renunciaré a cada herejía y abrazaré sin demora la fe católica.
Antonio acepta el desafío convencido de conseguirlo todo de Dios, por la conversión del hereje.
Entonces Bonfillo, dice: “Yo tendré encerrada mi mula por tres días privándola de comida. A los tres días, la sacaré ante la presencia del pueblo y le dejaré el heno listo para que coma. Tú mientras tanto estarás por el otro lado con aquello que afirmas ser el cuerpo de Cristo.Si el animal incluso hambriento rechaza el alimento y adora a tu Dios yo creeré sinceramente en la fe de la Iglesia”.
Antonio rezó y ayunó todos los tres días. El día establecido, la plaza estaba repleta de gente, todos a la espera de ver quién ganaba la disputa.
Antonio celebró la misa delante de la muchedumbre y luego con suma reverencia acercó el cuerpo de Cristo ante la mula hambrienta y al mismo tiempo Bonfillo le enseñó el heno.
Entonces san Antonio ordenó al animal: “En virtud y en nombre del Creador, que yo, por indigno que sea, tengo de verdad entre mis manos, te digo, oh animal, y te ordeno que te acerques rápidamente con humildad y le presentes la debida veneración, para que los malvados herejes comprendan de este gesto claramente que todas las criaturas están sujetas a su Creador, tenido entre las manos por la dignidad sacerdotal en el altar“.
El santo ni siquiera había acabado estas palabras cuandoel animal, dejando a un lado el heno, inclinándose y bajando la cabeza, se acercó arrodillándose delante de la Eucaristía.
Una gran alegría contagió a los fieles y el hereje renegó de su doctrina en presencia de toda la gente y se convirtió a la fe católica.
4. Genuflexiones extrañas
Un día, san Antonio se cruzó en la calle con un hombre famoso por su vida disoluta. Al verlo inmediatamente le hizo una genuflexión, llamando la atención del hombre. Y así lo hizo las varias veces que lo encontraba.
El hombre, molesto porque pensaba que se estaba burlando de él, irritado le dijo: “ Si no terminas de burlarte de mí, te atravesaré con mi espada”, a lo que respondió el santo: “Oh glorioso mártir de Dios, acuérdate de mí cuando estés en el paraíso”. El hombre al oír sus palabras se echó a reír.
Años después el pecador estando en Palestina se convirtió, predicó su fe a los sarracenos y fue martirizado, cumpliéndose laprofecíadel santo.
5. La predicación a los peces
En una ocasión, cuando un grupo de personas impedían al pueblo acudir a sus sermones, san Antonio se fue a la orilla del mar y empezó a gritar: “Oigan la palabra de Dios, ustedes los peces del mar, ya que los pecadores de la tierra no la quieren escuchar”.
Mientras hablaba, los peces empezaron a unirse y a acercarse a él, sacando sus cabezas fuera del agua para escuchar atentos las palabras del fraile que los invitaba a alabar a Dios, creador del agua en la que encontraban su alimento y vivían en serenidad.
Maravillados, los pescadores corrieron a la ciudad a contar lo que apenas habían visto a los habitantes de la aldea, y con ellos, también los herejes, se arrodillaron escuchando las palabras de Antonio.
6. Limpieza total
Un día se presentó delante del santo un gran pecador, decidido a cambiar de vida y reparar todos los males cometidos. Se arrodilló a sus pies para hacer la confesión pero fue tal su conmoción que no logró abrir la boca, y lloraba desconsoladamente. Entonces el santo fraile le aconsejó apartarse y escribir sobre una hoja todos sus pecados.
El hombre obedeció y volvió con una larga lista. Fray Antonio leyó todos los pecados en voz alta y le devolvió la hoja. ¡Cuál fue la maravilla del pecador arrepentido, cuando vio la hoja perfectamente limpia!Los pecados desaparecieron del alma del pecador e incluso del papel.
7. San Antonio y el Niño Jesús
Al santo lo vemos representado casi siempre con el Niño Jesús, y esto se debe a que cuando era todavía un joven fraile estaba rezando solo en una habitación donde fue hospedado para un periodo de descanso, y el dueño, espiando a hurtadillas por una ventana, vio que el fraile tenía en sus brazos un hermoso niño al que abrazaba y besaba con intensa contemplación.
El hombre, atónito y extasiado por la belleza de aquel niño, se preguntaba de dónde había salido yel mismo Niño Jesús le reveló a Antonio que el huésped estaba observándolo.
Después de larga oración, desapareció la visión, el santo llamó al hombre y le prohibió contar lo que había visto. Con este acto de ternura, Jesús demostraba su amor a su siervo bueno y fiel.
8. El recién nacido que habla
En Ferrara había un caballero extremadamente celoso de su mujer, que poseía una innata gracia y dulzura. Quedando embarazada, injustamente la acusó de adulterio y una vez nacido el niño, que tenia la tez bastante oscura, el marido se convenció aún más de que esta la había traicionado.
En el bautismo del niño, mientras el cortejo se dirigía a la iglesia con el padre, parientes y amigos, Antonio pasó cerca de ellos y sabiendo las acusaciones del hombre, impuso el nombre de Jesús al niño.
Preguntándole quién era su padre, el pequeño, de solo poco días de vida, apuntó con el dedo hacia su padre y luego, con voz clara, dijo: “¡éste es mi padre!”.
La maravilla de los presentes fue grande, y sobre todo de aquel hombre, que retiró todas las acusaciones contra su esposa y vivió felizmente con ella.
9. La comida envenenada
Una vez, los herejes, movidos por el odio que tenían hacia el santo, pensaron en hacerlo morir envenenándolo y fingiendo querer discutir con él sobre algunos puntos del catecismo y lo invitaron a un almuerzo.
Nuestro fraile, que no quiso perder la ocasión para hacer un bien, aceptó la invitación. Y le sirvieron un plato con comida envenenada.
Fray Antonio, inspirado por Dios, se dio cuenta y los regañó diciendo: “¿Por qué hicieron esto?”. “Para ver -contestaron- si son verdaderas las palabras que Jesús les dijo a los Apóstoles: “Beberéis el veneno y no os hará mal”.
Fray Antonio se recogió en oración, trazó una señal de cruz sobre la comida y luegoserenamente comió, sin que le sucediera absolutamente nada.Confusos y arrepentidos de su mala acción, los herejes pidieron perdón, prometiendo convertirse.
10. ¿Quién es el culpable?
Cuando Antonio se encontraba en Padua, sucedió en Lisboa, su ciudad natal, que un joven mató a su mayor enemigo y lo enterró en el jardín de la familia del santo. Cuando encontraron el cuerpo, culparon a su padre, el dueño del jardín. Trató de demostrar su inocencia y no pudo.
Entonces el santo viajó hasta Lisboa y se presentó ante el juez declarando la inocencia de su padre. El juez no le creyó, así que hizo traer el cadáver ante el tribunal y le preguntó: “¿Fue mi padre el que te mató?”.
El cuerpo, resucitando, respondió: “no, no fue tu padre”y cayó de nuevo exánime. Y el juez se convenció de su inocencia.